¿Sola Scriptura o Tradición Apostólica?

La Palabra de Dios como fundamento y juez de la Iglesia

La discusión entre Sola Scriptura y Tradición Apostólica oral no debe formularse como una elección entre la Biblia y la historia de la Iglesia, ni entre la Escritura y los credos, ni entre la Palabra de Dios y los padres antiguos. La fe reformada no niega que los apóstoles predicaron oralmente, que la Iglesia recibió el evangelio antes de completarse el Nuevo Testamento, ni que los concilios y confesiones pueden servir a la verdad.

La verdadera pregunta es otra: después de la era apostólica, existe una tradición oral extrabíblica, infalible, públicamente identificable y vinculante para toda la Iglesia? Y si se afirma que existe, surge una pregunta inevitable: ¿cómo puede distinguirse de otras tradiciones eclesiásticas que también reclaman origen apostólico, pero que se contradicen entre sí?

La tesis de este artículo es que la Iglesia no crea la Palabra de Dios ni recibe una segunda fuente oral infalible junto a ella. La Iglesia es creada, corregida y preservada por la Palabra de Dios escrita. La tradición verdadera es aquella que sirve a la Escritura, confiesa lo que ella enseña y se somete a su juicio.

El cristianismo no nace de la Iglesia, sino de la Palabra de Dios

El cristianismo histórico comenzó con Jesucristo, su muerte, resurrección y proclamación apostólica. Los apóstoles no fueron meros comentaristas religiosos: fueron testigos autorizados por Cristo y guiados por el Espíritu Santo. Antes de existir un Nuevo Testamento completo, la Iglesia ya escuchaba la doctrina apostólica por medio de su predicación.

Por eso Pablo escribió:

“Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra”
—2 Tesalonicenses 2:15, RVR1960.

Este texto prueba que existió una enseñanza apostólica oral con autoridad divina. Pero no prueba que, después de la muerte de los apóstoles, haya permanecido una colección oral extrabíblica, infaliblemente identificable, transmitida sin error por una comunión eclesiástica particular.

Obsérvese la precisión del texto: Pablo manda retener la doctrina recibida “por palabra, o por carta nuestra”. La autoridad no reside simplemente en que algo sea llamado “tradición”, sino en que procede de los apóstoles inspirados de Cristo. La pregunta posterior no es si los apóstoles hablaron oralmente; la pregunta es dónde posee hoy la Iglesia, de manera pública, normativa y segura, aquella doctrina apostólica.

La respuesta bíblica es que Dios quiso entregar permanentemente su revelación en las Escrituras.

Pedro, anticipando su muerte, no remite a la Iglesia a una cadena indefinida de recuerdos orales, sino que escribe para que los creyentes puedan conservar la verdad después de su partida:

“También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas.”
—2 Pedro 1:15, RVR1960.

Juan explica el propósito de su Evangelio:

“Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.”
—Juan 20:31, RVR1960.

La predicación apostólica fue originalmente oral; pero por voluntad de Dios quedó normativamente fijada en la Escritura.

Ireneo de Lyon, escribiendo contra los gnósticos a finales del siglo II, lo expresó de manera notable: el evangelio fue primero proclamado públicamente por los apóstoles y después, “por la voluntad de Dios”, entregado en las Escrituras para ser fundamento de la fe. Ireneo también apelaba a la predicación pública de las iglesias apostólicas contra las doctrinas secretas de los herejes; pero su argumento no era la existencia de revelaciones doctrinales ocultas e independientes de la Escritura. Era precisamente que la fe apostólica era pública, reconocible y conforme al evangelio escrito.

Los 66 libros como precondición de la fe cristiana posapostólica

Debe hacerse una precisión necesaria. La Iglesia de Pentecostés no comenzó con un índice completo de sesenta y seis libros encuadernados bajo el brazo. Comenzó con Cristo resucitado, el derramamiento del Espíritu Santo y la proclamación apostólica.

Sin embargo, una vez concluida la era apostólica, la Iglesia necesita una norma revelada, pública, permanente e infalible mediante la cual pueda conocer qué es el evangelio, quién es Cristo, qué debe creer y cómo debe obedecer. En ese sentido, los sesenta y seis libros canónicos son la precondición epistemológica necesaria del cristianismo posapostólico.

Sin la Escritura, la Iglesia no tendría una norma infalible mediante la cual pudiera distinguir entre:

  • el evangelio verdadero y otro evangelio;
  • la doctrina apostólica y una innovación posterior;
  • la confesión católica de Cristo y una tradición regional;
  • la voz de Dios y las afirmaciones contradictorias de comunidades que reclaman sucesión apostólica.

La fe cristiana no puede descansar finalmente sobre la memoria institucional de una comunidad, porque varias comunidades reclaman poseer la tradición apostólica y, sin embargo, se excluyen mutuamente en cuestiones dogmáticas.

Pablo declara acerca de las Escrituras:

“Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.”
—2 Timoteo 3:15-17, RVR1960.

La Escritura no aparece aquí como una ayuda incompleta que necesita una segunda fuente infalible para cumplir su propósito. Es suficiente para hacer sabio para la salvación y preparar enteramente al hombre de Dios.

Por eso el principio reformado no es una preferencia moderna por los libros sobre la Iglesia. Es la confesión de que Dios mismo ha hablado, y que toda autoridad eclesiástica debe ser juzgada por aquello que Dios ha dicho:

“¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.”
—Isaías 8:20, RVR1960.

Cristo mismo confrontó una tradición religiosa transmitida por autoridades reconocidas cuando esta anulaba la Palabra divina:

“Invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a estas.”
—Marcos 7:13, RVR1960.

El problema no es toda tradición. El problema es toda tradición que pretende poseer autoridad divina sin someterse a la Palabra escrita de Dios.

¿Cómo sabemos que son los 66 libros?

La objeción suele presentarse así: “La Biblia no contiene una tabla inspirada de contenidos. Por lo tanto, necesitamos una tradición infalible o una Iglesia infalible que nos diga cuáles libros pertenecen a la Biblia”.

Pero la conclusión no se sigue de la premisa.

Que Dios haya inspirado una colección de libros no exige que haya inspirado además un libro adicional cuyo único propósito sea enumerarlos. La autoridad de Isaías, Mateo, Juan o Romanos no depende de que una autoridad posterior les conceda inspiración. Son Palabra de Dios porque Dios es su autor.

La Iglesia no hace canónica la Escritura; la Iglesia reconoce la Escritura que Dios inspiró.

La Confesión Belga, nacida en el corazón de la Reforma hispano-neerlandesa del siglo XVI, formula esta verdad con singular claridad. Después de enumerar los libros canónicos, declara que la Iglesia los recibe “para regular, fundar y establecer nuestra fe”, no principalmente porque la Iglesia los apruebe, sino porque “el Espíritu Santo testifica en nuestros corazones que proceden de Dios” y porque ellos mismos muestran ser de Dios. Asimismo, afirma que la Escritura contiene completamente la voluntad de Dios y que nadie, “aunque fuese un apóstol” o un ángel, debe enseñar algo contrario a lo que ella enseña.

La Confesión de Fe de Westminster afirma lo mismo: la autoridad de la Escritura no depende del testimonio de ningún hombre o iglesia, sino enteramente de Dios, quien es la Verdad misma y su autor. La Iglesia puede movernos a estimar reverentemente las Escrituras, pero la plena seguridad de su autoridad divina procede de la obra interna del Espíritu Santo, quien da testimonio “por y con la Palabra” en nuestros corazones. Además, Westminster establece que el juez supremo de concilios, escritores antiguos y doctrinas humanas es “el Espíritu Santo hablando en la Escritura”.

Esta respuesta no desprecia la historia. La historia eclesiástica confirma providencialmente la recepción de los libros bíblicos. Atanasio de Alejandría, en su Carta Festal 39 del año 367, enumeró los mismos veintisiete libros del Nuevo Testamento que hoy reciben protestantes, romanos y ortodoxos, y afirmó que en esos libros se proclama la doctrina de la piedad y que nada debe añadirse ni quitarse de ellos. Su lista del Antiguo Testamento no coincide exactamente con la enumeración reformada posterior; precisamente por eso la historia sirve como testimonio providencial, no como una segunda norma infalible independiente de la Escritura.

También debe reconocerse un hecho importante: las grandes ramas históricas de la cristiandad comparten un núcleo bíblico sustancial. Roma confiesa los veintisiete libros del Nuevo Testamento y recibe, dentro de su canon más amplio, los libros veterotestamentarios recibidos por las iglesias reformadas. Las iglesias ortodoxas también reconocen los veintisiete libros del Nuevo Testamento y reciben un Antiguo Testamento más amplio según su tradición septuagintal. Este acuerdo común no establece por sí mismo la autoridad del canon; pero manifiesta providencialmente que Dios no dejó a su Iglesia sin su Palabra públicamente reconocible.

La seguridad final del creyente no descansa en contar votos episcopales a través de los siglos, sino en que el Dios que inspiró su Palabra también da testimonio de ella por su Espíritu.

La Tradición Apostólica: una realidad histórica, pero no una segunda fuente infalible

La fe reformada no necesita negar la tradición apostólica para afirmar Sola Scriptura. Los apóstoles enseñaron, bautizaron, ordenaron, corrigieron iglesias y transmitieron el evangelio antes de que todos los libros del Nuevo Testamento estuvieran escritos.

También existe una tradición eclesiástica legítima: el Credo de los Apóstoles, el Credo Niceno, la definición de Calcedonia, los escritos de los padres, las confesiones reformadas, las liturgias y los catecismos. Todo esto puede servir a la Iglesia.

Pero una cosa es reconocer una tradición ministerial, histórica y subordinada a la Escritura; otra muy distinta es afirmar una tradición oral infalible, no contenida suficientemente en la Escritura, capaz de obligar la conciencia cristiana como Palabra de Dios.

Roma formula expresamente esta segunda posición. El Catecismo de la Iglesia Católica sostiene que la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición proceden de una misma fuente divina, que la Tradición transmite íntegramente la Palabra confiada a los apóstoles, y que la Iglesia no deriva su certeza acerca de todas las verdades reveladas “de la sola Escritura”; por ello, Escritura y Tradición deben recibirse con igual reverencia.

Aquí aparece el punto decisivo: si existe una tradición infalible junto a la Escritura, debe ser posible identificarla sin ambigüedad. Pero la historia de las comuniones que reclaman conservar la tradición apostólica demuestra precisamente lo contrario.

Cuando las tradiciones apostólicas se contradicen

No basta con decir: “La Iglesia siempre ha conservado la Tradición”. Hay que preguntar: ¿cuál iglesia?, ¿qué tradición?, ¿según qué criterio?

El caso del Filioque

La Iglesia de Roma confiesa que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo. El Catecismo católico apela al Concilio de Florencia y sostiene que la formulación latina del Filioque expresa legítimamente la comunión consustancial del Padre y del Hijo en la procesión del Espíritu.

Por el contrario, la tradición ortodoxa bizantina sostiene que el Credo debe confesar que el Espíritu Santo procede del Padre, y ha considerado la incorporación occidental del Filioque una alteración indebida del símbolo ecuménico y una distorsión de la comprensión tradicional de la Trinidad. La Orthodox Church in America presenta precisamente este desacuerdo como uno de los grandes puntos históricos de conflicto entre Oriente y Occidente.

Ambas comuniones apelan a los padres, a la sucesión episcopal, a la tradición litúrgica y a la fidelidad apostólica. Pero sus confesiones no son idénticas. En este punto, una tradición afirma lo que la otra niega.

Desde una postura reformada, la cuestión del Filioque no se resuelve preguntando qué comunión reclama más antigüedad institucional. Se resuelve preguntando qué doctrina puede demostrarse conforme a la Escritura. La Confesión de Westminster, por ejemplo, confiesa que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo; pero esa afirmación debe defenderse bíblicamente, no imponerse apelando a una tradición oral independiente de la Palabra escrita.

Calcedonia o no Calcedonia

El mismo problema aparece en la cristología. Roma y las iglesias ortodoxas bizantinas reciben el Concilio de Calcedonia del año 451 como el cuarto concilio ecuménico y confiesan su definición cristológica.

Sin embargo, las iglesias ortodoxas orientales —entre ellas la copta, la siríaca y la armenia— no reciben Calcedonia como concilio ecuménico. La Iglesia Copta Ortodoxa identifica a su familia eclesiástica como aquella que rechazó el Concilio de Calcedonia y sus decisiones; sus fuentes catequéticas afirman que se comprometió con los primeros tres concilios ecuménicos: Nicea, Constantinopla y Éfeso.

De nuevo, no estamos hablando de grupos modernos sin conexión histórica. Estamos hablando de antiguas comuniones episcopales que reclaman conservar la fe apostólica y patrística, pero que discrepan acerca de si Calcedonia expresa fielmente esa fe.

¿Quién decide entre la tradición calcedoniana y la no calcedoniana? Si respondemos simplemente: “La Tradición Apostólica”, no hemos resuelto nada, porque ambas comunidades afirman poseerla.

Roma, Bizancio y los orientales

La dificultad aumenta cuando se consideran otras diferencias:

Roma recibe el primado papal universal y dogmas posteriores que Oriente rechaza. Los ortodoxos bizantinos reciben siete concilios ecuménicos, incluyendo Nicea II y su doctrina sobre los iconos. Los ortodoxos orientales reciben solamente los primeros tres. Las iglesias reformadas reciben con gratitud las definiciones trinitarias y cristológicas de los primeros cuatro concilios, pero someten toda formulación conciliar a la Escritura y rechazan aquello que consideran contrario a ella.

Estas tradiciones no pueden ser simultáneamente infalibles cuando se contradicen. Dos proposiciones incompatibles no pueden ser ambas verdaderas en el mismo sentido.

Esto no demuestra por sí solo cada doctrina reformada. Tampoco significa que toda tradición histórica carezca de valor. Demuestra algo más limitado, pero decisivo: una supuesta tradición oral apostólica extracanonical no puede funcionar como fundamento último de certeza cristiana, porque quienes apelan a ella no poseen una identificación común, pública e inequívoca de su contenido.

Para conocer cuál tradición es fiel, necesitamos una norma anterior y superior a todas las tradiciones particulares. Esa norma es la Escritura.

La objeción regresa contra Roma y Oriente

A menudo se pregunta al protestante: “¿Cómo sabes que Mateo, Romanos o Hebreos pertenecen al canon si no tienes una Iglesia infalible que te lo diga?”

Pero la misma pregunta puede formularse al católico romano o al ortodoxo:

¿Cómo sabe el romano que Roma es el intérprete infalible de la Tradición y no Constantinopla? ¿Cómo sabe el ortodoxo bizantino que los siete concilios son ecuménicos y no solamente los tres recibidos por los coptos? ¿Cómo sabe el copto que Calcedonia se apartó de la tradición apostólica y no que su propia comunión rechazó injustamente una definición verdadera?

No pueden responder simplemente: “Porque así lo enseña nuestra tradición”, sin razonar circularmente. Cada comunión puede decir lo mismo.

La fe reformada reconoce francamente que todo razonamiento último parte de una autoridad fundamental. Pero sostiene que solamente Dios puede ser el fundamento último del conocimiento cristiano. No la Iglesia como institución autónoma; no una sucesión episcopal disputada; no una memoria oral imposible de delimitar; sino Dios hablando en su Palabra.

La Escritura es autoautoritativa porque Dios es autoautoritativo. El Espíritu Santo no conduce al creyente a una autoridad rival de la Palabra que él mismo inspiró, sino que testifica por medio de esa Palabra que ella procede de Dios.

Sola Scriptura no significa cristianismo sin Iglesia

Afirmar Sola Scriptura no significa despreciar la Iglesia, ignorar los concilios o leer la Biblia como si dos mil años de cristianismo no hubieran existido.

La Iglesia es “columna y baluarte de la verdad” porque ha sido llamada a sostener, proclamar y defender la verdad que recibe de Dios, no porque produzca nuevas verdades reveladas. Un candelero sostiene la luz; no crea el fuego que alumbra.

Por eso una iglesia verdaderamente católica puede confesar Nicea y Calcedonia con profunda convicción, no porque estos concilios sean una fuente de revelación paralela a las Escrituras, sino porque expresan fielmente la doctrina bíblica de la Trinidad y de la persona de Cristo.

La tradición es valiosa cuando dice: “Esto es lo que la Iglesia ha entendido de la Palabra de Dios”. Se vuelve tiránica cuando dice: “Esto debe creerse como revelación divina aunque no pueda demostrarse por la Palabra de Dios”.

La Reforma no destruyó la catolicidad cristiana. La liberó de una pretensión ilegítima: que la conciencia del creyente deba someterse a doctrinas humanas presentadas como apostólicas sin ser probadas por la Escritura.

La Confesión Belga lo expresa correctamente: la Iglesia recibe los libros canónicos para regular, fundar y establecer la fe; y la Escritura contiene suficientemente todo lo que el hombre debe creer para ser salvo. La Iglesia no está por encima de la Palabra. La Iglesia vive debajo de ella.

La imposibilidad de lo contrario

La afirmación de Sola Scriptura no es solamente una preferencia denominacional. Es necesaria por la imposibilidad de lo contrario.

Sin una Palabra divina escrita, pública, preservada y suficiente, el cristiano queda inevitablemente sujeto a autoridades rivales:

Roma afirma una tradición.

Bizancio afirma otra.

Los ortodoxos orientales afirman otra.

Cada una reclama antigüedad, sucesión y fidelidad apostólica.

Pero cuando sus doctrinas se excluyen mutuamente, ya no basta apelar a “la Iglesia” o a “la Tradición”. Hace falta una voz superior que juzgue a todas las voces humanas.

Esa voz no puede ser otra tradición particular, porque precisamente esa tradición está en disputa. Tampoco puede ser el juicio autónomo del individuo, porque el hombre no es la medida de la verdad. Debe ser Dios mismo hablando de manera pública y normativa.

Por eso la Iglesia necesita la Escritura. Y por eso los sesenta y seis libros canónicos no son un apéndice tardío del cristianismo, sino el fundamento documental divinamente establecido mediante el cual Cristo continúa gobernando a su Iglesia por su Espíritu.

La fe cristiana no dice: “Creo porque Roma, Constantinopla o Alejandría no pueden errar”.

Dice:

“La Escritura no puede ser quebrantada.”
—Juan 10:35, RVR1960.

Y también:

“La fe que ha sido una vez dada a los santos.”
—Judas 3, RVR1960.

Esa fe fue proclamada por los apóstoles, preservada por Dios y entregada normativamente en las Sagradas Escrituras. La tradición verdadera no añade otra revelación al depósito apostólico: lo recibe, lo confiesa y se deja reformar por él.

Conclusión

La alternativa no es entre una Biblia aislada y una Iglesia histórica. La verdadera alternativa es entre dos fundamentos de certeza:

Por un lado, una tradición oral extracanonical que distintas comuniones antiguas reclaman poseer, pero cuyo contenido se vuelve contradictorio cuando se comparan Roma, Bizancio y las iglesias orientales.

Por otro lado, la Palabra escrita de Dios, inspirada por el Espíritu Santo, reconocida providencialmente en la Iglesia y suficiente para establecer la fe, corregir el error y gobernar la conciencia.

La Iglesia necesita tradición, pero no una tradición soberana. Necesita padres, concilios, credos y confesiones, pero todos ellos deben permanecer como testigos subordinados ante el tribunal de la Escritura.

La pregunta final no es: “¿Qué tradición tiene mayor autoridad para añadir a la Palabra de Dios?”

La pregunta final es:

¿Qué tradición se somete más fielmente a la Palabra que Dios ya ha dado?

La respuesta reformada permanece firme:

Sola Scriptura, porque solamente Dios hablando en las Escrituras puede fundar, corregir y preservar a la Iglesia de Jesucristo.