Una Cristiandad Hispana Reformada: los cuatro concilios y la Reforma bajo la Palabra de Dios

Introducción: ni sectarismo moderno ni tradicionalismo sin reforma

La Iglesia hispana contemporánea se encuentra entre dos tentaciones. Por una parte, un evangelicalismo sin memoria, como si la verdadera Iglesia hubiera desaparecido después de los apóstoles y reaparecido espontáneamente con congregaciones independientes, sin credos, sin confesión histórica y sin conciencia católica. Por otra parte, un tradicionalismo que afirma que para ser parte de la Iglesia antigua es necesario someter la conciencia a toda la acumulación posterior de concilios, decretos, imágenes, mediaciones y sistemas jerárquicos que exceden el testimonio de la Palabra de Dios.

Frente a ambas alternativas, existe una vía propiamente católica y reformada: recibir los primeros cuatro concilios ecuménicos —Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia— como fieles exposiciones de la doctrina bíblica acerca del Dios trino y de Jesucristo, y recibir la Reforma, expresada aquí por la Confesión Belga y el Catecismo de Heidelberg, como restauración confesional de la Iglesia bajo la autoridad suprema de la Escritura.

Esta propuesta no convierte a la Reforma en un “quinto concilio ecuménico” en sentido histórico. La Reforma no fue una única asamblea universal semejante a Nicea o Calcedonia. Sin embargo, sí puede entenderse como una reforma conciliar y confesional de la Iglesia occidental, por la cual congregaciones, ministros y sínodos volvieron a someter doctrina, culto y gobierno a la Palabra escrita de Dios.

Así, una Cristiandad Hispana Reformada no sería una nueva secta nacida del individualismo moderno. Sería una Iglesia que confiesa con los padres antiguos la Trinidad y la Encarnación, con los reformadores la suficiencia de la Escritura y la justificación por la sola fe, y con nuestra antigua herencia hispana que la fe católica no requiere la totalidad del sistema romano posterior, sino la confesión ortodoxa del Dios trino y de Jesucristo según la verdad revelada.


I. Los primeros cuatro concilios: el fundamento católico antiguo

Los primeros cuatro concilios ecuménicos no inventaron una nueva fe. Su propósito fue defender públicamente, frente a herejías concretas, aquello que la Iglesia ya recibía de las Sagradas Escrituras acerca de Dios y de Cristo.

Nicea: Jesucristo es verdadero Dios

El Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, rechazó la doctrina de Arrio, quien subordinaba al Hijo como una criatura excelsa, pero no verdaderamente Dios. Contra este error, Nicea confesó que el Hijo es de la misma esencia que el Padre: verdadero Dios de verdadero Dios.

Esta confesión no fue una especulación filosófica añadida al evangelio. Fue la consecuencia necesaria de textos como Juan 1:1:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
—Juan 1:1, RVR1960

Si el Verbo es Dios y por medio de Él fueron hechas todas las cosas, no puede pertenecer al orden de lo creado. El evangelio mismo exige la confesión nicena: el Salvador que redime a Su pueblo es Dios verdadero.

Constantinopla: el Espíritu Santo es Señor y Dios

El Concilio de Constantinopla, celebrado en el año 381, confirmó la confesión nicena y defendió la plena divinidad del Espíritu Santo contra quienes lo reducían a una criatura o poder inferior. El Espíritu es confesado como Señor y dador de vida, digno de la misma adoración y gloria que el Padre y el Hijo.

Esta doctrina se encuentra ya en el mandato bautismal de Cristo:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”
—Mateo 28:19, RVR1960

No somos bautizados en el nombre de Dios y de dos criaturas auxiliares. Somos bautizados en el único nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Constantinopla protegió la fe trinitaria de la Iglesia porque protegió el significado del bautismo cristiano y del culto debido al único Dios.

Éfeso: el único Hijo de Dios verdaderamente se hizo hombre

El Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431, condenó la división de Cristo en dos sujetos personales. La Iglesia no adora a un hombre unido externamente al Verbo, como si Jesús fuera un individuo humano acompañado por el Hijo eterno. El que nació de María, padeció bajo Poncio Pilato, murió y resucitó es el mismo Hijo eterno de Dios encarnado.

Por esta razón, Éfeso defendió el uso cristológico del título Theotokos, no para exaltar a María como fuente de la divinidad, sino para proteger la identidad del que nació de ella: aquel niño es verdaderamente Dios manifestado en carne.

La Escritura lo expresa con sencillez y majestad:

“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley.”
—Gálatas 4:4, RVR1960

No dice que Dios envió a un hombre posteriormente asociado con Su Hijo. Dice que Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer. Éfeso defendió esta verdad apostólica.

Calcedonia: una persona en dos naturalezas

El Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451, dio la formulación cristológica decisiva de la Iglesia antigua: Jesucristo es uno y el mismo Hijo, perfecto en divinidad y perfecto en humanidad, reconocido en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación. La definición de Calcedonia vinculó expresamente su confesión con la fe previamente recibida en Nicea, Constantinopla y Éfeso.

Calcedonia protege simultáneamente dos verdades bíblicas. Cristo es verdadero Dios:

“Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.”
—Colosenses 2:9, RVR1960

Y Cristo es verdadero hombre:

“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo.”
—Hebreos 2:14, RVR1960

Si Cristo no es verdadero Dios, no puede salvarnos con poder divino. Si no es verdadero hombre, no puede representarnos, obedecer por nosotros, sufrir por nuestros pecados y resucitar como primicias de nuestra humanidad redimida. La salvación bíblica es necesariamente niceno-calcedoniana.

II. Una raíz verdaderamente hispana: el III Concilio de Toledo

Aceptar los primeros cuatro concilios no significa adoptar una identidad extranjera, griega o meramente bizantina. Existe una recepción antigua y propiamente hispana de este mismo fundamento católico.

En el año 589, el III Concilio de Toledo marcó la renuncia pública al arrianismo en el reino visigodo. En su anatematismo XI, el concilio rechazó a quien creyera que existe “otra fe y comunión católica fuera de la Iglesia universal”, identificando esa comunión con la Iglesia que cree y venera los decretos de Nicea, Constantinopla, Éfeso I y Calcedonia.

Este testimonio es de enorme importancia para una teología reformada hispana. Toledo no definió la catolicidad mediante la obediencia a un sistema papal desarrollado en la Edad Media, ni mediante la aceptación de veintiún concilios posteriores, ni mediante la veneración de imágenes fijada siglos después en Nicea II. En el momento decisivo de su confesión contra el arrianismo, la Iglesia hispana reconoció como expresión de la fe católica los cuatro grandes concilios trinitarios y cristológicos de la Iglesia antigua.

Esto no significa que debamos recibir acríticamente toda disposición disciplinaria, política o cultural de la España visigoda. La Iglesia reformada no está llamada a reconstruir un reino del siglo VI, sino a recuperar su confesión ortodoxa bajo una norma superior: la Palabra de Dios.

Pero el testimonio permanece: una comunidad hispana puede ser plenamente reformada y, al mismo tiempo, reconocer que su confesión católica tiene raíces antiguas en su propia historia. Nuestra fe no necesita elegir entre ser hispana, católica antigua o reformada. Puede ser las tres cosas, siempre que toda tradición sea juzgada por la Escritura.

III. La Reforma no destruye la catolicidad: la purifica

Uno de los errores más comunes consiste en presentar la Reforma como si hubiera sido una rebelión contra la Iglesia antigua. Pero la Reforma reformada no rechazó los concilios trinitarios y cristológicos fundamentales. Rechazó el uso de la tradición como autoridad superior o paralela a la Palabra de Dios.

Juan Calvino declaró que los antiguos concilios de Nicea, Constantinopla, Éfeso I y Calcedonia debían ser recibidos con reverencia porque, en cuanto a la doctrina de la fe, contenían una exposición pura de la Escritura. Su crítica no se dirigía contra la ortodoxia antigua, sino contra la pretensión de que un concilio tuviera autoridad por sí mismo, aun cuando contradijera la Palabra de Dios.

La Reforma, por tanto, no debe comprenderse como una sustitución de la Iglesia histórica por la opinión privada. Su verdadero principio fue mucho más profundo: la Iglesia es Iglesia precisamente porque oye la voz de su Señor en la Escritura. Los concilios son útiles, necesarios y dignos de recepción cuando confiesan fielmente esa voz; dejan de obligar la conciencia cuando se apartan de ella.

Esta es la lógica de Isaías:

“¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.”
—Isaías 8:20, RVR1960

Y es también la lógica apostólica:

“Examinadlo todo; retened lo bueno.”
—1 Tesalonicenses 5:21, RVR1960

La catolicidad reformada no consiste en recibir menos verdad, sino en recibir toda verdad como verdad de Dios, distinguiendo la Palabra infalible de los testimonios ministeriales que la confiesan.

IV. La Confesión Belga: catolicidad antigua bajo la suficiencia de la Escritura

La Confesión Belga, redactada en 1561 y posteriormente recibida por las iglesias reformadas neerlandesas, ofrece una estructura particularmente adecuada para esta Cristiandad Hispana Reformada. No comienza con la Iglesia, ni con los concilios, ni con una institución humana que garantice la revelación. Comienza confesando al único Dios y continúa afirmando la autoridad de Su Palabra.

En su artículo 7, la Confesión Belga declara que la Sagrada Escritura contiene plenamente la voluntad de Dios y enseña suficientemente todo lo necesario para la salvación. Por esa razón, no se deben colocar costumbre, antigüedad, mayorías, concilios, decretos ni decisiones oficiales por encima de la verdad de Dios.

Aquí se encuentra el principio ordenador de toda recepción conciliar reformada. Recibimos Nicea porque confiesa bíblicamente que el Hijo es verdadero Dios. Recibimos Constantinopla porque confiesa bíblicamente la divinidad del Espíritu Santo. Recibimos Éfeso porque confiesa bíblicamente que el Hijo eterno verdaderamente se hizo hombre. Recibimos Calcedonia porque protege bíblicamente la plena divinidad y plena humanidad del único Cristo. No los recibimos como fuentes autónomas de revelación, sino como testimonios fieles de la revelación ya entregada en la Escritura.

La propia Confesión Belga demuestra su continuidad con la antigua fe católica. Sus artículos 8 y 9 confiesan un solo Dios en tres personas realmente distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y sostienen que esta doctrina procede de los testimonios de la Escritura.

Más todavía, su artículo 19 reproduce sustancialmente la cristología calcedoniana: en Cristo no existen dos Hijos ni dos personas, sino dos naturalezas unidas en una sola persona, conservando cada naturaleza sus propiedades distintivas.

La Confesión Belga no es, entonces, una confesión moderna que abandona la Iglesia antigua. Es una confesión reformada que recibe la verdad católica antigua y la ordena bajo el principio que los mismos apóstoles exigieron: ninguna autoridad humana puede levantarse sobre la Palabra inspirada de Dios.

V. Heidelberg: una catolicidad cálida, pastoral y centrada en Cristo

Si la Confesión Belga ofrece la arquitectura doctrinal de esta cristiandad, el Catecismo de Heidelberg ofrece su voz pastoral. Elaborado en 1563 para la enseñanza de los jóvenes, la predicación en las iglesias y la unidad confesional, Heidelberg muestra que la fe católica reformada no es solamente una delimitación contra herejías: es el consuelo vivo del creyente que pertenece a Jesucristo.

Su primera pregunta comienza donde toda verdadera cristiandad debe comenzar: no en el poder de una institución, sino en la posesión redentora del Salvador. El creyente confiesa que pertenece, en cuerpo y alma, en vida y en muerte, a su fiel Salvador Jesucristo, quien pagó plenamente por sus pecados con Su preciosa sangre y lo libró del dominio del diablo.

Aquí la cristología de Calcedonia se convierte en consuelo. Sólo aquel que es verdadero Dios y verdadero hombre puede redimirnos completamente. Sólo el Hijo eterno encarnado puede ser nuestro Mediador, nuestro sacrificio suficiente y nuestro Señor fiel. La doctrina antigua de Cristo no es una pieza arqueológica: es el fundamento de la seguridad del creyente.

Heidelberg también afirma que la fe cristiana se resume en los artículos de nuestra fe cristiana “universal e indudable”, y presenta el Credo Apostólico como resumen de lo prometido en el evangelio. Esto demuestra que la Reforma no quiso formar una religión distinta del cristianismo católico antiguo, sino confesar la misma fe apostólica limpiada de añadiduras que oscurecían el evangelio.

El catecismo pregunta: “¿Qué crees acerca de la santa iglesia católica?” Su respuesta es profundamente reformada y verdaderamente católica: el Hijo de Dios, mediante Su Espíritu y Palabra, reúne, protege y preserva para Sí una comunidad escogida para vida eterna, de toda la raza humana, desde el principio del mundo hasta su fin, unida en la fe verdadera.

Esta definición destruye dos falsos conceptos de catolicidad. La Iglesia no es católica simplemente porque una sede episcopal reclame autoridad universal. Tampoco es católica porque se adapte al espíritu pluralista del mundo. La Iglesia es católica porque el Hijo de Dios reúne un solo pueblo mediante Su Espíritu y Su Palabra, en la única fe verdadera.

VI. Sola Scriptura no es negar los concilios, sino ubicarlos correctamente

Algunos objetan que aceptar los primeros cuatro concilios mientras se confiesa la Sola Scriptura es contradictorio. Pero esta objeción confunde autoridad ministerial con autoridad magisterial absoluta.

Los concilios no crean la Trinidad. No hacen que Cristo sea Dios y hombre. No producen la verdad que confiesan. La Iglesia recibe, formula y defiende aquello que Dios reveló en Su Palabra. El concilio sirve a la verdad; no se convierte en señor de ella.

La Confesión Belga expresa esta relación con precisión. La Escritura es la regla infalible; la Iglesia verdadera se reconoce porque practica la predicación pura del evangelio, administra correctamente los sacramentos y ejerce disciplina conforme a la Palabra. Además, la Confesión advierte que la falsa iglesia se reconoce porque atribuye mayor autoridad a sí misma y a sus ordenanzas que a la Palabra de Dios.

Esta doctrina permite abrazar verdaderamente a Nicea y Calcedonia sin quedar atrapados por todas las desviaciones posteriores. La Iglesia reformada no necesita negar la historia para defender la Escritura. Al contrario, puede demostrar que la mejor herencia de la Iglesia antigua fue precisamente su confesión de las verdades reveladas por Dios.

La pregunta correcta no es: “¿Aceptas concilios o aceptas la Biblia?” La pregunta correcta es: “¿Recibes aquellos concilios porque expresan fielmente la doctrina de la Biblia, y rechazas toda tradición que pretenda corregir, complementar o dominar la Palabra de Dios?”

VII. Justificación por la sola fe: la reforma necesaria de la cristiandad

Los cuatro concilios protegieron correctamente la identidad de Cristo. Pero la Iglesia occidental, con el paso de los siglos, necesitaba ser reformada en cuanto a la aplicación del beneficio de Cristo al pecador.

No basta confesar que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre si después se oscurece cómo el pecador es declarado justo delante de Dios. La ortodoxia cristológica debe desembocar en el evangelio de la justificación.

La Confesión Belga declara que nuestra bienaventuranza consiste en el perdón de pecados por causa de Jesucristo, y que Dios concede justicia aparte de las obras. Afirma también que quien posee a Cristo por la fe posee enteramente su salvación.

El Catecismo de Heidelberg lo expresa con una claridad pastoral insuperable: el creyente es justo delante de Dios solamente por verdadera fe en Jesucristo; no porque la fe tenga mérito propio, sino porque únicamente la satisfacción, justicia y santidad de Cristo constituyen su justicia delante de Dios, recibida por la fe.

Esta es la reforma indispensable de la catolicidad antigua. Calcedonia nos dice quién es Cristo: una persona divina en dos naturalezas. Heidelberg nos enseña cómo ese Cristo llega a ser nuestro consuelo: Su justicia perfecta es recibida por la fe sola.

Pablo lo declara así:

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
—Romanos 5:1, RVR1960

Por tanto, una Cristiandad Hispana Reformada no escogería entre los padres y los reformadores. Confesaría con Calcedonia al Cristo verdadero y con Heidelberg el evangelio verdadero de ese Cristo.

VIII. El culto: Dios debe ser adorado según Su Palabra

Toda cristiandad se manifiesta finalmente en su culto. Una comunidad puede pronunciar fórmulas correctas acerca de Cristo y, sin embargo, permitir prácticas que atan la conciencia donde Dios no la ha atado.

Aquí la Reforma realiza una purificación necesaria. La Confesión Belga afirma que, aunque es bueno que las iglesias establezcan orden para conservar la unidad, deben cuidarse de apartarse de lo que Cristo, el único Maestro, ha ordenado. Por ello rechaza innovaciones humanas y leyes impuestas en el culto que obliguen la conciencia.

Heidelberg es todavía más concreto: en su exposición del segundo mandamiento enseña que Dios no debe ser representado visiblemente ni adorado de una manera distinta de la que Él ha mandado en Su Palabra. Asimismo, rechaza que las imágenes sean colocadas en la Iglesia como sustituto pedagógico de la predicación viva de la Palabra.

Esta afirmación marca una frontera clara. Una cristiandad de los primeros cuatro concilios y la Reforma no necesita recibir el desarrollo iconódulo fijado posteriormente en Nicea II. Puede honrar a los padres nicenos y calcedonianos, confesar la verdadera Encarnación del Hijo y, precisamente por reverencia a la Palabra, rechazar la veneración religiosa de imágenes.

La Encarnación no cancela el segundo mandamiento. Cristo no nos mandó venerar representaciones de Su humanidad; nos mandó predicar Su evangelio, bautizar a las naciones y participar de Su Cena conforme a Su institución.

“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”
—Juan 4:24, RVR1960

La liturgia de esta cristiandad sería, por tanto, reverente, trinitaria, cristocéntrica, saturada de Escritura, sacramental conforme a la institución de Cristo y libre de cargas humanas sobre la conciencia.

IX. La Iglesia: conciliar, confesional y gobernada por Cristo

Una Cristiandad Hispana Reformada no sería congregacionalismo atomizado ni episcopalismo absolutista. Necesitaría iglesias visibles, ministros ordenados, ancianos, diáconos, disciplina, sínodos y confesión común.

La Confesión Belga enseña que la Iglesia verdadera debe ser gobernada según el orden espiritual enseñado por Cristo en Su Palabra: pastores que predican y administran los sacramentos, junto con ancianos y diáconos que forman el consejo de la iglesia. De esta manera se preserva la doctrina verdadera, se corrige el mal y se auxilia al afligido.

Esto permite recuperar el principio conciliar sin abrazar una jerarquía romana o imperial. La Iglesia puede reunirse en sínodos; puede emitir confesiones; puede juzgar errores; puede disciplinar a ministros; puede hablar con autoridad ministerial. Pero toda esa autoridad permanece subordinada a Cristo, quien gobierna Su Iglesia por Su Palabra y Espíritu.

La Reforma no destruyó el principio conciliar. Lo liberó de la pretensión de infalibilidad institucional. Un sínodo reformado puede enseñar con verdadera autoridad, pero no puede convertir sus decretos en una revelación adicional. Puede guardar la buena confesión, pero no puede ser señor de la conciencia.

X. La cristiandad: el Reino de Cristo en la vida pública

Una fe reducida al interior del templo no corresponde al Cristo de Nicea, Calcedonia ni Heidelberg. Si Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre; si resucitó, ascendió y está sentado a la diestra del Padre; si es nuestro eterno Rey, entonces Su señorío alcanza a la persona, la familia, la Iglesia, la educación, la justicia y la vida de las naciones.

Heidelberg confiesa a Cristo como nuestro eterno Rey, quien nos gobierna por Su Palabra y Espíritu y nos guarda en la salvación obtenida para nosotros. También interpreta la petición “Venga tu reino” como una oración para que Dios nos gobierne cada vez más por Su Palabra y Espíritu, preserve y aumente Su Iglesia y destruya todo poder que se levanta contra Su santa Palabra.

La Confesión Belga, por su parte, reconoce que Dios ha ordenado el gobierno civil a causa de la depravación humana, a fin de que el desorden sea restringido y los buenos sean protegidos. El artículo 36 ha sido objeto de revisiones posteriores entre algunas iglesias reformadas, precisamente por cuestiones relativas al modo de articular la relación entre magistratura e Iglesia; sin embargo, permanece su afirmación esencial de que el gobierno civil está bajo la ordenación de Dios y tiene una responsabilidad real en la administración de la justicia pública.

Una Cristiandad Hispana Reformada no buscaría repetir sin crítica el cesaropapismo bizantino, las estructuras del reino visigodo o los establecimientos coercitivos de la Europa moderna. Tampoco aceptaría el mito secular de que Cristo sólo gobierna la conciencia privada. Su propuesta sería más bíblica: Cristo reina sobre todas las cosas; la Iglesia ministra Palabra, sacramentos y disciplina; la familia cultiva pacto, herencia y educación; el magistrado administra justicia conforme a la norma moral de Dios.

“Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies.”
—1 Corintios 15:25, RVR1960

La cristiandad no es la identificación de la Iglesia con el Estado. Es el reconocimiento público de que ninguna esfera humana es autónoma ante el Rey Jesucristo.

XI. Lo que esta Cristiandad afirmaría y lo que rechazaría

Esta Cristiandad Hispana Reformada afirmaría la fe trinitaria de Nicea y Constantinopla; la confesión cristológica de Éfeso y Calcedonia; la suficiencia y supremacía de la Sagrada Escritura; la justificación del pecador por la sola fe en Jesucristo; el culto regulado por la Palabra; el bautismo y la Cena del Señor conforme a la institución de Cristo; la Iglesia visible gobernada por pastores, ancianos y diáconos; la necesidad de sínodos y confesiones; y el señorío presente de Cristo sobre las naciones.

Al mismo tiempo, rechazaría la supremacía papal como institución necesaria de la Iglesia católica; la elevación de concilios y tradiciones sobre la Palabra de Dios; la invocación de santos como mediadores; la veneración religiosa de imágenes; la misa entendida como sacrificio propiciatorio repetido; la justificación fundada en méritos humanos; y la pretensión moderna de que la sociedad, la ley y la educación pueden ser neutrales ante Jesucristo.

No sería una iglesia romana incompleta. No sería una ortodoxia oriental amputada del séptimo concilio. No sería un evangelicalismo sin raíces. Sería una comunidad confesional que recibe la fe católica antigua precisamente porque se encuentra en la Escritura, y recibe la Reforma precisamente porque llama a toda la Iglesia a volver a esa Escritura.

XII. El nombre apropiado: Catolicidad Reformada Niceno-Calcedoniana

La mejor forma de referirse a este modelo sería:

Catolicidad Reformada Niceno-Calcedoniana

El término catolicidad confiesa que la Iglesia de Cristo no comenzó en el siglo XVI, ni pertenece a una nación, cultura o denominación particular. El término reformada declara que esta Iglesia está siempre sujeta a la Palabra de Dios y recibe con gratitud la recuperación del evangelio realizada en la Reforma. La expresión niceno-calcedoniana identifica el núcleo trinitario y cristológico recibido de los primeros cuatro concilios ecuménicos.

En nuestro contexto también puede expresarse públicamente como:

Cristiandad Hispana Reformada

Católica, Niceno-Calcedoniana y Confesional bajo la autoridad suprema de la Escritura

Este nombre honra la antigua confesión hispana de Toledo, recibe el testimonio universal de la Iglesia antigua, abraza la herencia doctrinal de la Reforma y coloca toda autoridad donde debe estar: debajo de la Palabra del Dios vivo.

Conclusión: una fe antigua para una reforma presente

La restauración de una Cristiandad Hispana Reformada no comenzará imitando formas externas del pasado, ni buscando legitimidad en jerarquías que reclaman autoridad sobre la conciencia. Comenzará con una confesión sencilla y poderosa: el Dios de las Escrituras es Padre, Hijo y Espíritu Santo; Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, una sola persona en dos naturalezas; Su sacrificio es suficiente; Su justicia es recibida por la sola fe; Su Palabra es la norma suprema de la Iglesia; y Su Reino gobierna ahora sobre todo pueblo y toda esfera de la vida.

Nicea nos enseña a adorar al Hijo como Dios verdadero. Constantinopla nos enseña a confesar al Espíritu Santo como Señor. Éfeso nos enseña que el Hijo eterno verdaderamente asumió nuestra humanidad. Calcedonia nos enseña que nuestro Salvador es uno y el mismo Cristo, perfecto en divinidad y perfecto en humanidad. La Confesión Belga nos enseña que toda esta verdad debe ser recibida bajo la autoridad soberana de la Escritura. Heidelberg nos enseña que este Cristo no es solamente el Señor confesado por la Iglesia universal, sino nuestro único consuelo en vida y en muerte.

Tal es la herencia que Hispanoamérica necesita recuperar: no una religión privada, sentimental o desarraigada; tampoco una tradición acumulada que oscurezca el evangelio; sino una Iglesia antigua en su confesión de Cristo, reformada en su obediencia a la Palabra y pública en su proclamación del Reino.

Porque nuestra esperanza no está en la nostalgia por una civilización perdida, sino en el Rey que vive y reina:

“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.”
—Hebreos 13:8, RVR1960

Y porque Él permanece, Su Iglesia puede ser reformada, Su verdad puede ser confesada y Su Reino puede ser anunciado en nuestra lengua, en nuestros hogares, en nuestras congregaciones y en nuestras naciones.

Cristo reina ahora. Su Palabra permanece. Su Iglesia debe confesar, reformar y edificar.