Señor, ¿quién creyó en nuestra noticia? Y el brazo del Señor, ¿a quién se le reveló? Creció delante de él como un infante, como raíz en tierra sedienta, no tiene figura, ni gloria. Y lo vimos, y no tenía forma ni belleza, al contrario, su figura carecía de honra y sobrepasaba a todos los hombres, un hombre golpeado y que sabía soportar la enfermedad, porque se había mudado su rostro, había sido deshonrado y no era tenido en nada. Este lleva nuestros pecados y sufre por nosotros, y nosotros pensamos que estaba en apuros, atribulado y maltratado. Pero él en persona fue herido por nuestra iniquidades y está debilitado por nuestros pecados; sobre él está la instrucción de nuestra paz y con sus contusiones nosotros fuimos curados.
Todos anduvimos errantes como ovejas, cada uno se ha extraviado en su camino y el Señor lo entregó a nuestros pecados. Y él, a pesar de haber sido maltratado, no abre la boca, fue llevado como oveja al de degüello, y como cordero ante el esquilador, enmudecido, así no abre su boca. En su humillación se le quitó su juicio; ¿quién contará su generación? porque su vida está siendo arrebatada de la tierra, fue conducido a la muerte a causa de las iniquidades de mi pueblo. Y pondré a los malvados en lugar de su sepultura y a los ricos en lugar de su muerte, porque no cometió iniquidad, ni se encontró engaño en su boca. Y el Señor quiere purificarlo de la injuria. Si hacéis una ofrenda por el pecado vuestra alma verá una descendencia de larga vida. Y el Señor quiere librarlo de la fatiga de su alma, mostrarle luz y moldearle con inteligencia, hacer justicia al justo que sirve bien a muchos, y él en persona cargará con los pecados de ellos. Por eso, él hará heredar a muchos, y repartirá los despojos de los poderosos, porque su alma fue entregada a la muerte, y fue contado entre los inicuos. Y él en persona cargó con los pecados de muchos y fue entregado por sus pecados.
Isaías 53:1-12, La Biblia Griega, Septuaginta. IV. Libros Proféticos, Ediciones Sígueme, Salamanca 2021.
La Septuaginta —LXX— es indispensable para comprender la teología de la expiación en la Iglesia primitiva, no porque anule el valor del hebreo, sino porque fue la forma textual de la Escritura que alimentó de manera predominante la predicación apostólica, la liturgia griega y la exégesis de los Padres. Dicho con cuidado: el Nuevo Testamento no cita siempre una sola forma textual; los autores apostólicos usan la Escritura con cierta libertad, a veces siguiendo la LXX, a veces formas hebreas o revisiones griegas. Oxford Academic resume bien la cuestión: “la Septuaginta es el Antiguo Testamento del Nuevo Testamento”, pero esta afirmación debe ser matizada porque los escritores neotestamentarios emplearon varias formas textuales judías.
La cuestión se vuelve decisiva en Isaías 53. En muchas traducciones modernas basadas en el Texto Masorético, Isaías 53:10 dice que Jehová quiso “quebrantar” o “aplastar” al Siervo. En cambio, la LXX dice: “El Señor quiere purificarlo/limpiarlo de la herida/golpe”, y continúa: “el Señor quiere quitarle el dolor de su alma”. El texto griego de Isaías 53:10 usa καθαρίσαι —“limpiar, purificar”— y no un verbo de aplastamiento; además, mantiene lenguaje sacrificial y de llevar los pecados, pero dentro de un marco liberador.
Por tanto, la premisa debe formularse así: la LXX no elimina la sustitución ni el sacrificio, pero orienta la expiación hacia una lógica de comunión, sanidad, rescate, victoria sobre la muerte y purificación del pecado, más que hacia una escena intratrinitaria en la que el Padre se complace en castigar retributivamente al Hijo.
Fundamento bíblico
La Escritura enseña explícitamente que Cristo murió “por nuestros pecados” —1 Cor 15:3—, que llevó nuestros pecados, que dio su vida en rescate, que venció a la muerte y al diablo, que nos reconcilió con Dios, y que por sus heridas somos sanados. Estas afirmaciones no son metáforas aisladas, sino un conjunto de premisas en un marco pactual: sacrificio, Pascua, rescate, victoria, curación, justificación y participación en la vida divina.
Isaías 53 en la LXX conserva elementos fuertes de expiación: el Siervo es herido “por nuestros pecados”, “por sus heridas fuimos sanados”, es llevado como oveja al matadero, su vida es quitada de la tierra, “llevará” los pecados de muchos y será contado entre los transgresores. Pero el punto textual crítico es que Isaías 53:10-11 en griego dice que el Señor quiere purificarlo de la herida y quitar el dolor de su alma, no que Dios quiera aplastarlo como acto de complacencia punitiva contra él.
Esto importa porque el Nuevo Testamento y los Padres de la Iglesia leen a Cristo como el Siervo sufriente, pero lo hacen dentro de una gramática pascual: Cristo no es el objeto de odio del Padre; es el Hijo amado que voluntariamente entra en nuestra muerte para destruirla desde dentro. El Padre entrega al Hijo; el Hijo se entrega a sí mismo; el Espíritu vivifica. La obra es una, trinitaria, salvífica.
La diferencia textual de Isaías 53:10
| Texto | Sentido básico |
|---|---|
| Texto Masorético | “Jehová quiso quebrantarlo / hacerlo sufrir”; el Siervo aparece bajo el beneplácito divino en su sufrimiento. |
| Septuaginta | “El Señor quiere limpiarlo/purificarlo de la herida”; el Señor aparece como quien restaura, purifica y libera al Siervo. |
La diferencia no debe tratarse con simplismo. El Texto Masorético no debe caricaturizarse como si necesariamente enseñara sadismo divino; “quiso” puede expresar propósito salvífico y no placer cruel. Además, la lectura hebrea semejante al Masorético no es meramente medieval: hay testimonio premasorético en Qumrán que apoya una lectura cercana a “quebrantar / hacer sufrir”.
Pero tampoco debe minimizarse la fuerza teológica de la LXX en los primeros siglos. La Iglesia griega antigua no recibió Isaías 53 principalmente como una escena donde el Padre descarga violencia retributiva sobre el Hijo, sino como el misterio del Justo que entra en nuestra condición herida para curarla. La LXX permite leer la cruz como respaldo-pactual del daño humano asumido por Cristo, no como castigo del Padre contra el Hijo rompiendo la Trinidad.
Desarrollo doctrinal patrístico
1. Recapitulación: Cristo rehace a Adán
En Ireneo de Lyon, la salvación es una obra completa de recapitulación. El Hijo asume nuestra humanidad para rehacer y superar desde dentro la historia de Adán. Ireneo dice que Cristo “recapitula” todas las cosas, vence al enemigo y aplasta la cabeza de quien nos había llevado cautivos en Adán.
Aquí la cruz no es primero un tribunal abstracto, sino el combate del nuevo Adán. La humanidad cayó por un hombre vencido; asciende por el Verbo-Hombre vencedor. Esto no niega la sustitución; la redefine: Cristo está en nuestro lugar porque está en nuestra naturaleza, y vence como Verbo-Hombre aquello que nos venció.
2. Christus Victor: la muerte es vencida desde dentro
Atanasio de Alejandría desarrolla la lógica clásica oriental: el Verbo toma carne mortal para destruir la corrupción y dar inmortalidad. En Sobre la Encarnación, afirma que solo el Salvador podía cambiar lo corruptible en incorruptible, recrear la imagen en el hombre y abolir la muerte y la corrupción por su propia muerte.
Este lenguaje no es ajeno al sacrificio. Atanasio habla de deuda, muerte “por todos” y cuerpo ofrecido “en lugar de todos”. Pero el “pago” no es una transacción por la cual el Padre necesita castigar al Hijo para poder perdonar y amar; es el cumplimiento de la sentencia de muerte que pesaba sobre la humanidad, asumida por el Verbo para destruirla. Cristo no satisface una ira separada del amor divino; más bien revela que el amor divino entra hasta la muerte para aniquilarla revelando así la justicia divina condenando nuestro pecado, no a Su Hijo (Romanos 8:3).
3. Rescate: no al diablo, no como necesidad cruel del Padre
Gregorio Nacianceno pregunta: ¿a quién fue ofrecida la sangre de Cristo? Si al diablo, eso sería absurdo; si al Padre, ¿cómo podría deleitarse el Padre en la sangre del Hijo, si ni siquiera aceptó el sacrificio de Isaac? Gregorio responde que el Padre acepta la obra del Hijo por causa de la Encarnación y de nuestra justificación y santificación: la humanidad debía ser santificada por la humanidad de Dios.
Esta es una objeción patrística directa contra una lectura cruda de la expiación penal: la sangre de Cristo no debe imaginarse como algo que cambia al Padre de airado a misericordioso. Más bien, por la Encarnación, la Pasión y la Resurrección, Dios nos cambia a nosotros: nos rescata, nos sana, nos glorifica.
4. Pascua: el Cordero libera de la esclavitud
Melitón de Sardes, en su homilía pascual, identifica a Cristo como la Pascua de nuestra salvación: el Cordero inmolado, el rescate, la vida, la luz, la resurrección. La muerte de Cristo es pascual: libera de esclavitud a libertad, de tinieblas a luz, de muerte a vida, de tiranía a reino eterno.
La Pascua no es un padre castigando a su hijo para calmarse. Es Dios rescatando a su pueblo de la esclavitud por medio de la sangre del Cordero inmulado y sin mancha. Es una obra Trinitaria donde el Padre entrega, el Hijo ofrece y el Espíritu sustenta la obra salvifíca.
Isaías 53 en Justino y la recepción antigua de la LXX
Justino Mártir, en el siglo II, cita Isaías 53 con la forma de la LXX: “El Señor se complace en limpiarlo de la herida / golpe” y “quiere librar su alma del dolor”. En su Primera Apología y en el Diálogo con Trifón, Justino usa Isaías 53 para probar que el Cristo debía padecer, morir y ser glorificado, pero lo hace desde la lectura griega recibida por la Iglesia.
Esto es importante según el principio de Vicente de Lérins: debemos atender a lo creído “en todas partes, siempre y por todos”, especialmente cuando una interpretación posterior pretende desplazar el consenso antiguo.
Aplicado a la expiación: no basta preguntar qué sistema teológico posterior puede construirse desde una traducción moderna de Isaías 53:10; hay que preguntar cómo la Iglesia antigua, orante y martirial, leyó ese texto dentro de la regla de la fe.
Análisis lógico: el problema de una lectura penal intratrinitaria
La expiación penal sustitutiva, en su forma más dura, suele formularse así: la justicia divina exige castigo retributivo; el Padre descarga sobre el Hijo el castigo que correspondía a los pecadores; al quedar satisfecha la ira, Dios puede perdonar.
El problema no es decir que Cristo murió por nosotros, ni que llevó nuestros pecados, ni que su muerte fue sacrificial. Todo eso es bíblico. El problema aparece cuando se introduce una oposición funcional entre el Padre y el Hijo, como si el Padre necesitara castigar y el Hijo necesitara persuadirlo a perdonar. Esa lógica tensiona la unidad trinitaria: el Padre, el Hijo y el Espíritu no tienen voluntades divinas contrapuestas pues gozan por naturaleza una misma voluntad. La cruz es la obra indivisa del Dios trino.
La LXX de Isaías 53:10 ayuda a corregir esa imaginación. Allí el Padre no aparece como alguien insaciable de justicia, sino como quien quiere revelar Su justicia purificando, quitando la herida, sacando al Siervo del dolor y mostrarle luz. El sufrimiento sigue siendo real; el sacrificio sigue siendo real; el pecado sigue siendo cargado y expiado. Pero el eje se desplaza: de castigo retributivo intradivino a salvación y sanidad victoriosa de la humanidad asumida por el Verbo divino.
Distinciones necesarias
Enseñanza explícita de la Escritura: Cristo murió por nuestros pecados, llevó nuestros pecados, fue ofrecido como sacrificio, dio su vida en rescate, venció a la muerte, nos reconcilió y nos sana.
Deducción legítima: si el Verbo asumió nuestra humanidad completa, entonces lo que no asumió no fue sanado; y si asumió nuestra mortalidad, la muerte fue vencida desde dentro por la vida divina.
Nuestros Credos: Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia protegen la identidad del Salvador: verdadero Dios y verdadero hombre. Solo así la cruz salva realmente.
Objeciones y respuestas
Objeción 1: “Pero Isaías 53 dice que Cristo llevó nuestros pecados; eso es penal.”
Respuesta: llevar pecados no equivale automáticamente a recibir castigo retributivo impuesto por el Padre. En la Escritura, llevar puede significar cargar, quitar, soportar, remover, sanar. La LXX conserva que el Siervo lleva los pecados, pero lo sitúa dentro de purificación, luz y liberación.
Objeción 2: “El Texto Masorético es hebreo; la LXX es solo traducción.”
Respuesta: la LXX es traducción, pero una traducción judía antigua, anterior al cristianismo, y fue la Escritura viva de la Iglesia griega.
Objeción 3: “Entonces no hay sustitución.”
Respuesta: sí hay sustitución, pero no necesariamente en el sentido penal moderno. Hay sustitución ontológica, representativa y pactual (vínculo del amor intratrinitario en pos de Su pueblo): Cristo toma lo nuestro para darnos lo suyo; entra en nuestra muerte para comunicarnos su vida; se hace lo que somos —excepto pecado personal— para hacernos partícipes de lo que Él es por gracia.
Conclusión
La LXX es fundamental para entender la expiación en la Iglesia primitiva porque forma el horizonte bíblico de la predicación apostólica y patrística. En Isaías 53:10, su lectura no presenta al Padre complaciéndose en aplastar a Su propio Hijo, sino al Señor queriendo purificar al Siervo de su herida y liberarlo del dolor de su alma. Esto no elimina sacrificio, sustitución ni expiación; los purifica de una lectura que podría dividir al Padre y al Hijo o convertir la cruz en violencia retributiva intratrinitaria.
Cristo, el Verbo encarnado, recapitula a Adán, asume nuestra mortalidad, carga nuestros pecados, se ofrece como Cordero pascual para nuestra justificación, entra voluntariamente en la muerte, vence al diablo y a la corrupción, purifica nuestra naturaleza herida, nos reconcilia con el Padre y nos conduce por el Espíritu a la deificación (Romanos 4:25).
Ese marco —recapitulación, Christus Victor, rescate, sanidad, sacrificio pascual y participación divina— no es una alternativa débil a la expiación. Es la forma antigua de confesar que “por sus heridas fuimos sanados”.
