Sobre la unidad de Cristo, Cirilo de Alejandría

“Durante un tiempo, el poder divino de su Espíritu (de Cristo) se ocultó para dejar lugar a la debilidad de la carne, hasta que Jesucristo obtuviese nuestra salvación.” Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, Libro II, Capítulo XVI, Sec. 12.

Hay frases teológicas que, aun nacidas de una intención piadosa, necesitan ser corregidas por la regla cristológica de la Iglesia antigua. Tal es el caso de esta afirmación de Juan Calvino ya que se aparta de una correcta doctrina cristológica.

En su contexto, Calvino no está negando la fe perfecta de Cristo; de hecho, añade que aun sintiéndose “como abandonado de Dios”, Cristo “no perdió lo más mínimo la confianza en la bondad de Dios”. Sin embargo, en el siguiente párrafo afirma que el poder divino fue retraído por un momento para que la humanidad de Cristo quedará expuesta a la debilidad y con ello alcanzar nuestra salvación. Ahí surge la objeción cristológica.

La dificultad no está en afirmar que Cristo padeció verdadera debilidad humana. Eso lo confiesa la Escritura: “fue crucificado en debilidad” (2 Co. 13:4), y “por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (He. 2:9). La dificultad está en explicar esa debilidad como si requiriera un ocultamiento operativo del poder divino, o una especie de suspensión temporal de la presencia vivificante del Verbo. Si se habla así sin cuidado, la pasión puede parecer el momento en que la carne de Cristo queda sola, abandonada a su propia fragilidad, mientras la divinidad se retira o se esconde para dejarla sufrir.

Cirilo de Alejandría ofrece una forma más segura de hablar. Para él, el Verbo no abandona la carne, no se retira de ella, no deja de ser vida, ni suspende su unión con la humanidad asumida. El Verbo permanece impasible según su divinidad, pero sufre verdaderamente en la carne que hizo suya. Por eso Cirilo puede decir que el Verbo “sufrió y resucitó”, no porque la naturaleza divina haya recibido heridas, sino porque el cuerpo que llegó a ser suyo sufrió tales cosas; “el que en sí mismo es incapaz de sufrir estaba en un cuerpo sufriente”.

Para Cirilo, la debilidad y el sufrimiento que experimentó Cristo no fueron producto de que su poder divino “se ocultara”, se retirara o lo abandonara temporalmente. Por el contrario, Cirilo rechaza como una “impiedad y prueba de una absoluta locura” la idea de que Cristo haya sufrido o usado expresiones de angustia (como “¿por qué me has abandonado?”) porque el Verbo lo hubiera abandonado o dejado a merced de la debilidad humana. Él critica severamente a sus adversarios por pensar que Cristo quedó impotente o abatido frente al terror de la muerte por culpa de la debilidad humana. 

La clave ciriliana es la apropiación económica. Cristo no padece porque el poder divino se ausente, sino porque el Hijo eterno asumió una humanidad verdadera, con cuerpo racional, pasible, mortal y capaz de sufrir. Lo que pertenece a esa carne puede predicarse del Hijo porque esa carne es suya. Cirilo lo expresa así: “como decimos que su carne fue hecha suya, así también son suyas las debilidades de la carne por apropiación económica”. La debilidad no vence al Verbo; el Verbo hace suya nuestra debilidad para sanarla desde dentro.

Por eso, cuando Cristo clama: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46), no debemos imaginar una ruptura ontológica entre el Padre y el Hijo, ni una separación entre el Verbo y la carne. El clamor pertenece al Hijo encarnado según su humanidad sufriente. Es la voz real del verdadero Jesucristo en representación de la humanidad redimida, pero no es la evidencia de que la divinidad haya abandonado la carne. Cirilo considera una locura decir que el Verbo experimentó la muerte en su propia naturaleza divina; la carne gustó la muerte, y porque esa carne era del Verbo, el Verbo es confesado como quien murió por nosotros en la carne.

Aquí conviene corregir la fórmula: no se ocultó el poder divino para dejar sola a la carne; se veló la gloria divina bajo la forma humilde de la carne. La encarnación no fue ausencia de divinidad, sino presencia divina bajo humildad. La gloria fue escondida a los ojos de los hombres, pero la unión nunca fue interrumpida. La humanidad de Cristo no fue un instrumento separado, ni una víctima abandonada, sino la humanidad personal del Hijo eterno.

Esta precisión protege tanto a Éfeso como a Calcedonia. Éfeso rechaza dividir a Cristo en dos sujetos: uno divino y otro humano. Calcedonia confiesa “un solo y mismo Hijo” reconocido “en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación”. Por tanto, la pasión debe confesarse sin confundir las naturalezas y sin separar al sujeto: la divinidad no sufre como divinidad, pero el Hijo de Dios sufre verdaderamente en la carne.

La diferencia es pastoralmente importante. Si decimos que Cristo salvó porque su divinidad se ocultó para que la carne padeciera, corremos el riesgo de presentar la cruz como un drama de abandono interno. Pero si seguimos a Cirilo, la cruz es el acto del Verbo encarnado que, permaneciendo vida, entra voluntariamente en nuestra muerte para destruirla. “En su cuerpo crucificado”, dice Cirilo, el Hijo hizo suyos “de manera impasible los sufrimientos de su propia carne”, y por su muerte abrió a la naturaleza humana el camino de regreso a la incorrupción.

Así, la salvación no descansa en una carne en su naturaleza dejada sola, sino en la carne del Verbo. No somos redimidos porque Dios se haya ausentado, sino porque Dios el Hijo estuvo presente en nuestra condición hasta la muerte. La gloria fue velada; la unión permaneció. La majestad no desapareció; se manifestó bajo humildad. La carne sufrió verdaderamente; el Verbo permaneció impasible según la divinidad y, sin embargo, hizo suyos nuestros padecimientos para vencerlos desde dentro.

La fórmula más segura, entonces, sería esta: durante la pasión, la gloria visible de Cristo fue velada bajo la debilidad real de su carne; pero el poder vivificante del Verbo no se retiró, ni la unión hipostática fue suspendida. Cristo no fue una humanidad abandonada por Dios, sino Dios el Verbo hecho hombre, padeciendo en su propia carne por nuestra salvación.

En resumen, en lugar de un “ocultamiento” del poder divino para dar paso a la debilidad, Cirilo explica este misterio a través de los siguientes puntos:

  • Apropiación voluntaria de las debilidades: El Verbo no se apartó, sino que hizo suyas las debilidades de la carne en virtud de una apropiación voluntaria que era conveniente para la “economía salvadora”,. Todo lo que padeció, como el hambre, el cansancio o el sufrimiento, lo asumió libremente para ser nuestro modelo y redimirnos.
  • Sumisión a las leyes de la naturaleza humana: El Verbo no dejó de actuar, sino que eligió que su carne estuviera verdaderamente sometida a las leyes de la naturaleza humana. Al hacerse hombre, quiso vivir las consecuencias de esa humanidad (incluyendo el progresar en edad y soportar la muerte) para sanarla desde adentro.
  • Lo que se “oculta” es la gloria, no el poder ni la unión: Cirilo sí reconoce que hubo algo que se escondió, pero no fue el poder del Espíritu, sino la gloria y majestad de su divinidad ante los ojos de los hombres. Él compara la carne de Cristo con el “velo” del Templo: la carne impedía que se viera al desnudo su “eximia y excelente trascendencia”, y por eso los hombres, al ver solo su apariencia humana, no lo reconocieron como Dios y lo crucificaron.
En conclusión, el poder divino y la unión de las naturalezas nunca cesaron ni se ocultaron para dejar sola a la carne en su naturaleza. El Verbo permaneció plenamente presente e impasible en su divinidad, pero permitió y aceptó que su carne humana sufriera verdaderamente para obtener nuestra salvación. 
Sobre la unidad de Cristo (o Quod unus sit Christus), Cirilo de Alejandría defiende la unión inefable de la naturaleza divina y humana en una sola persona (hipóstasis) de Jesucristo.