La apropiación divina y la justicia de la cruz

B — Entonces, cuando se dice que está cansado del camino, que tiene hambre o sueño, será necesario atribuir también esas cosas tan mezquinas y viles a Dios Verbo.

A — Tales cosas no convienen en modo alguno al Verbo solo que aún no se ha encarnado, antes de someterse al anonadamiento: en eso tienes razón. Pero, una vez hecho hombre y sometido al anonadamiento, ¿qué agravio puede inferirle que se le atribuyan? Como decimos que la carne ha venido a ser suya, así también pensamos que sean suyas las debilidades de la carne en virtud de una apropiación conveniente a la economía salvadora y en razón del modo de la unión. Pues Él se hizo en todo semejante a sus hermanos, excepción hecha del pecado. No te maravilles si decimos que, además de la carne, se ha apropiado de las debilidades de la carne y, por consiguiente, también de los ultrajes que le venían de fuera. Y cargó sobre sí también los que le fueron causados por los pérfidos judíos, diciendo por medio de la voz del salmista: «Se han dividido mis vestidos y han echado a suertes mi túnica». Y también: «Todos los que me ven, de mí se mofan, tuercen los labios, menean la cabeza». Cirilo de Alejandría, On the Unity of Christ. 

La doctrina de la apropiación divina enseña que ciertas obras, nombres o atributos comunes de Dios pueden ser atribuidos especialmente a una Persona de la Trinidad, sin dividir la única acción divina. Así, solemos decir que el Padre crea, el Hijo redime y el Espíritu santifica; pero no porque el Padre cree sin el Hijo y sin el Espíritu, ni porque el Hijo redima separado del Padre y del Espíritu, sino porque la única obra de Dios se manifiesta conforme al orden personal de la Trinidad: del Padre, por el Hijo, en el Espíritu.

Gregorio de Nisa lo expresó con claridad: en la naturaleza divina no aprendemos que el Padre haga algo solo, sin que el Hijo obre juntamente, ni que el Hijo tenga una operación aparte del Espíritu; toda operación divina hacia la creación “tiene su origen del Padre, procede por el Hijo, y se perfecciona en el Espíritu Santo”. Esta es la base patrística de la apropiación: no hay tres acciones paralelas, sino una sola acción trinitaria personalmente ordenada.

Agustín desarrolló lo mismo cuando explicó que Cristo es llamado “poder de Dios y sabiduría de Dios” según 1 Corintios 1:24. Esto no significa que el Padre carezca de poder o sabiduría, sino que aquello que es común a la esencia divina puede ser apropiado al Hijo sin excluir al Padre ni al Espíritu. Por eso Agustín insiste en que no hay tres poderes ni tres sabidurías, sino “un poder y una sabiduría”, como hay un solo Dios y una sola esencia.

Esta doctrina nos guarda de dos errores. El primero es dividir la Trinidad, como si el Padre fuera justo, el Hijo misericordioso y el Espíritu aplicador, cada uno con una voluntad distinta. El segundo es borrar las Personas, como si Padre, Hijo y Espíritu fueran simples modos impersonales de una misma fuerza divina. La apropiación conserva ambas verdades: una esencia, una voluntad, una operación; tres Personas realmente distintas.

Desde aquí podemos entrar al misterio de la encarnación. La obra salvadora es común a la Trinidad, pero se apropia especialmente al Hijo porque sólo el Hijo se encarna. El Padre no se encarna. El Espíritu no se encarna. El Verbo eterno se hace carne. Juan 1:14 dice: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”. Sin embargo, la encarnación no es una obra aislada del Hijo contra o aparte del Padre y del Espíritu. Es el Padre quien envía al Hijo; es el Hijo quien asume nuestra carne; es el Espíritu quien obra en la concepción virginal y unge al Cristo para su misión.

Cirilo de Alejandría expresó este misterio con su fórmula: “una sola naturaleza del Verbo de Dios encarnado” —μία φύσις τοῦ θεοῦ λόγου σεσαρκωμένη. Esta frase no debe entenderse como si la humanidad de Cristo fuera absorbida por su divinidad, sino como una afirmación de que el sujeto de la encarnación es uno: el Verbo eterno hecho hombre. El mismo Cirilo aclaró que, al hablar de una naturaleza encarnada, no niega la humanidad perfecta; más bien afirma que el Hijo es uno, sin división en dos hijos o dos sujetos. En su carta a Succenso, Cirilo explica que la carne sufriente es verdaderamente propia del Verbo, aunque el Verbo permanece impasible en su naturaleza divina; por eso se puede decir legítimamente que Él sufrió, porque hizo suyo lo que pertenecía a su carne, salvo el pecado.

Aquí está el punto decisivo para la expiación. Cristo no se apropia de nuestro pecado convirtiéndose en pecador. Tampoco el Padre condena a la Persona divina del Hijo como si el Hijo fuera moralmente culpable. La Escritura dice: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Co. 5:21), y también: “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Ro. 8:3). La condena cae sobre el pecado, y esa condena acontece en la carne asumida por el Verbo.

Cirilo interpreta esta línea con gran precisión: Cristo vino “en semejanza de carne de pecado”, no en carne pecaminosa; su cuerpo fue santo, templo del Verbo, y en esa carne el poder del pecado fue condenado para que la bendición pasara a nosotros. Asimismo, comentando 2 Corintios 5:21, la tradición ciriliana entiende que Cristo fue “hecho pecado” en el sentido de ofrenda por el pecado, no como transformación moral en pecado personal.

Por tanto, bajo el esquema de Cirilo, la cruz no debe explicarse como una ruptura intratrinitaria, ni como si el Padre descargara ira personal contra el Hijo considerado en su divinidad. La cruz es la obra indivisa del Dios trino: el Padre entrega al Hijo por nosotros, el Hijo se ofrece voluntariamente en nuestra carne, y el Espíritu sostiene, consagra y aplica la victoria del Crucificado. La justicia divina no es lograda por una Persona contra otra, sino por la Trinidad entera obrando indivisamente en la economía de la salvación.

Esto ilumina frases como Gálatas 3:13: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición”. Cristo carga la maldición no porque el Verbo sea maldito en su esencia divina, sino porque el Hijo encarnado asume nuestra condición bajo la ley, entra en nuestra muerte, toma sobre sí la sentencia que correspondía a nuestros pecados, y allí destruye su dominio. Isaías 53:6 dice: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”. Pero ese cargar no implica contaminación moral en Cristo; implica representación, sacrificio, juicio y victoria.

Por eso Éfeso, siguiendo a Cirilo, confesó que el Verbo “sufrió en la carne”, “fue crucificado en la carne” y “gustó la muerte en la carne”, porque siendo Dios es vida y dador de vida. La justicia divina se cumple porque el pecado es juzgado realmente; la misericordia divina se manifiesta porque ese juicio es llevado por el Hijo encarnado en favor de los suyos; y la comunión trinitaria permanece intacta porque el Padre, el Hijo y el Espíritu obran con una sola voluntad santa.

Así, la apropiación divina nos permite hablar correctamente: el Padre es apropiadamente el justo juez y fuente de la misión; el Hijo es apropiadamente el Mediador encarnado, el Cordero y sacerdote; el Espíritu es apropiadamente quien vivifica, une y aplica la obra redentora. Pero la justicia, la misericordia, la santidad y la redención pertenecen al único Dios trino.

La cruz, entonces, no es el Padre contra el Hijo, sino Dios contra nuestro pecado en la carne del Hijo. No es división en la Trinidad, sino la revelación suprema de la unidad trinitaria en justicia y gracia. En Cristo, el Verbo encarnado, Dios condena nuestro pecado, satisface su justicia, destruye la muerte y nos reconcilia consigo. Y todo esto ocurre sin separar las Personas, sin confundir las naturalezas, y sin convertir al Santo en pecador. El Hijo se apropia de lo nuestro —carne, dolor, muerte, condena legal— para darnos lo suyo: vida, justicia, filiación y gloria.