Confesar con el Credo niceno-constantinopolitano: “Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”, no significa afirmar que todas las Iglesias locales de la antigüedad poseyeran desde el principio una lista bíblica formulada de manera idéntica, ni que celebraran con una misma liturgia, ni que expresaran la tradición recibida con las mismas costumbres disciplinares. La unidad de la Iglesia antigua no fue una uniformidad administrativa, litúrgica o incluso catalogal en todos sus detalles, sino una comunión en la fe apostólica, en el bautismo, en la eucaristía, en la confesión trinitaria, en la comunidad de creyentes y en la recepción viva del Evangelio.
La palabra “una” en el Credo no debe leerse como si significara “homogénea en todos sus usos locales”. La Iglesia era una porque confesaba un solo Dios Padre, un solo Señor Jesucristo, un solo Espíritu Santo, un solo bautismo y una sola fe apostólica. El apóstol Pablo lo expresa así: “un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:5). Esa unidad no eliminaba la existencia de Iglesias locales con tradiciones distintas. Roma, Alejandría, Antioquía, Jerusalén, Constantinopla, Edesa, Armenia, Etiopía y otras comunidades cristianas poseían usos litúrgicos diversos, calendarios no siempre idénticos, costumbres ascéticas distintas y acentos teológicos propios. Sin embargo, esa diversidad no era automáticamente una negación de la catolicidad de la Iglesia.
Esto es evidente en la historia litúrgica. La Iglesia de Roma no celebraba exactamente como la Iglesia de Alejandría; la tradición siríaca no era idéntica a la tradición bizantina; la liturgia copta, armenia o etíope conservó formas propias. Las anáforas, las lenguas litúrgicas, las melodías, las rúbricas y ciertos usos disciplinares variaban profundamente. La Liturgia de Santiago, vinculada a la tradición jerosolimitana y antioquena; la Liturgia de san Marcos, asociada a Alejandría; las liturgias de san Basilio y san Juan Crisóstomo en el ámbito bizantino; y el rito romano antiguo en Occidente, muestran que la Iglesia antigua nunca entendió su unidad como reducción de todos los ritos a una sola forma externa. La diversidad litúrgica podía ser expresión legítima de la catolicidad, siempre que no negara la fe apostólica.
Algo semejante ocurrió con el canon bíblico. La Iglesia antigua recibió las Escrituras como Palabra de Dios, pero el reconocimiento eclesial de los libros no se desarrolló de manera idéntica en todos los lugares y tiempos. El núcleo de los Evangelios, las cartas paulinas, los Hechos y gran parte del Antiguo Testamento fue ampliamente recibido. Sin embargo, algunos libros tuvieron una recepción más compleja. En el Nuevo Testamento, Hebreos, Santiago, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas y Apocalipsis fueron discutidos en ciertos ámbitos antes de ser recibidos plenamente en la mayoría de las Iglesias. En el Antiguo Testamento, la diferencia entre el canon hebreo, la Septuaginta griega y las tradiciones eclesiales locales produjo listas no siempre idénticas.
San Atanasio, en su Carta Festal 39 del año 367, distingue entre libros canónicos y libros leídos para instrucción. Los concilios de Hipona y Cartago recibieron una lista amplia, cercana al canon de la sede de Roma posterior. La tradición bizantina conservó un uso profundo de la Septuaginta y, en distintas Biblias ortodoxas, aparecen libros como 3 Macabeos, el Salmo 151 o la Oración de Manasés. La Iglesia etíope posee una tradición canónica aún más amplia, con libros como Enoc y Jubileos. La antigua tradición siríaca, por su parte, tuvo su propia historia de recepción en torno a la Peshitta. Todo esto demuestra que la afirmación del Credo sobre la Iglesia una, santa, católica y apostólica no exigía una uniformidad inmediata y absoluta en las listas canónicas recibidas por cada comunidad.
Sola Scriptura como axioma
Esta diversidad no destruye la doctrina de la inspiración ni debilita necesariamente el principio de la Sola Scriptura. Al contrario, bien entendida, ayuda a distinguir entre la autoridad ontológica de la Escritura y el reconocimiento histórico de esa autoridad por parte de la Iglesia. Un libro bíblico no se vuelve Palabra de Dios porque un concilio lo declare inspirado; es reconocido por la Iglesia porque Dios ya lo inspiró. La Iglesia (e iglesias) no produce la inspiración, sino que recibe, custodia, lee, predica y confiesa los libros inspirados como Dios obraba en diversas comunidades de creyentes. La causa primera de la Escritura es Dios, no la institución eclesiástica.
Aquí la tradición reformada hace una distinción importante: la Iglesia tiene autoridad ministerial, no autoridad magisterial absoluta sobre la Palabra. La Iglesia reconoce el canon, pero no lo crea en el sentido último. Canonizar, si se usa en sentido estricto, pertenece a Dios mismo: Él inspira, determina, preserva y gobierna providencialmente la recepción de Su Palabra. La Iglesia, en cambio, en un sentido derivado o declarativo: confiesa dicha Palabra por lo que son; apostólicos, proféticos e inspirados. Por eso san Pablo dice: “Toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Timoteo 3:16), no “toda la Escritura es inspirada por la Iglesia”. También afirma que los santos hombres de Dios hablaron “siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21). La inspiración procede del Espíritu, no de una decisión conciliar de una Iglesia.
La objeción común contra la Sola Scriptura dice que, si la Iglesia tuvo diversidad canónica, entonces la Escritura no puede ser la autoridad suprema, porque dependería de la Iglesia para ser conocida. Pero este argumento confunde el orden del ser con el orden del conocimiento. Que la Iglesia haya reconocido históricamente el canon no significa que haya producido su autoridad. De modo semejante, Israel recibió la Ley y los Profetas, los preservó y los transmitió, pero no por eso Israel fue superior a la Palabra de Dios. “¿Qué ventaja tiene, pues, el judío?… Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios” (Romanos 3:1–2). Ser depositario de la Palabra no equivale a ser su fuente. Incluso ser depositario en medio de la diversidad de comunidades e iglesias no anula que la fuente divina está obrando por más que ciertas tradiciones añadan libros no inspirados.
Desde una perspectiva reformada, la diversidad canónica antigua no niega la Sola Scriptura, sino que muestra que Dios preservó Su Palabra en medio de procesos históricos reales, no mediante una uniformidad artificial desde el primer siglo. La providencia divina no elimina la historia; actúa dentro de ella. Dios preservó el Evangelio en medio de persecuciones, herejías, disputas textuales, traducciones, copias manuscritas, diferencias litúrgicas y debates eclesiales. La existencia de discusión no implica ausencia de verdad. Que algunos discutieran Hebreos o Apocalipsis no significa que esos libros carecieran de autoridad divina, sino que la recepción eclesial de esa autoridad tuvo un desarrollo histórico.
Aquí también debe hacerse justicia a la postura ortodoxa. Las Iglesias ortodoxas orientales y bizantinas no aceptan la Sola Scriptura en el sentido reformado clásico. Para ellas, la Escritura vive dentro de la Santa Tradición, y la Tradición no es una segunda fuente separada, sino la vida misma del Espíritu en la Iglesia: liturgia, concilios, Padres, iconografía, oración y recepción eclesial. Desde esa perspectiva, la diversidad litúrgica y canónica no se resuelve apelando a la Escritura sola, sino a la recepción viva de la Iglesia. Sin embargo, incluso la teología ortodoxa reconoce que la Escritura posee un lugar normativo singular, porque es Palabra inspirada por Dios y leída solemnemente en la vida litúrgica de la Iglesia.
La diferencia entre la postura ortodoxa y la reformada, entonces, no está en si Dios inspiró la Escritura. Ambas lo confiesan. La diferencia está en cómo se entiende la autoridad final y normativa. La Ortodoxia dirá que la Escritura debe ser leída dentro de la Tradición apostólica de la Iglesia (de su “Tradición”). La Reforma dirá que la Escritura es la única regla infalible de fe, y que los concilios, Padres, liturgias y tradiciones tienen autoridad real, pero subordinada, corregible y ministerial bajo la Escritura. La diversidad antigua, lejos de refutar la posición reformada, puede ser vista como una razón para no identificar sin más una tradición eclesiástica local con la autoridad absoluta de Dios.
El Credo confiesa una Iglesia “católica”, es decir, plena, universal e íntegra en la fe apostólica. Pero catolicidad no significa que cada región tuviera desde el principio el mismo calendario, el mismo rito, las mismas fórmulas disciplinares o idéntico catálogo expresado con la misma precisión. La catolicidad consiste en la plenitud de la fe recibida de los apóstoles y confesada en toda la Iglesia, no en una uniformidad mecánica. La existencia de ritos diversos y recepciones canónicas diferenciadas demuestra que la unidad cristiana antigua fue más profunda que la simple estandarización externa.
Por eso, afirmar “creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica” no obliga a negar la complejidad histórica del canon ni la diversidad litúrgica de las Iglesias antiguas. Tampoco obliga a concluir que la Iglesia institucional sea la fuente suprema de la Escritura. Una cosa es decir que la Iglesia en general fue testigo, custodio y transmisora del canon; otra cosa muy distinta es decir que la Iglesia en particular dio a la Escritura su autoridad divina. La primera afirmación es histórica y necesaria. La segunda compromete la doctrina bíblica de la inspiración.
La Sola Scriptura, bien entendida, no enseña que cada creyente inventa su propio canon, ni que la Iglesia carece de valor, ni que los concilios y Padres son inútiles. Enseña que solo la Escritura que ha estado obrando por Dios y Su Espíritu, por ser inspirada divinamente, posee autoridad infalible y final sobre la fe y la vida de la Iglesia. Los concilios pueden definir correctamente; las liturgias pueden transmitir fielmente la fe; los Padres pueden interpretar con profundidad; la Iglesia puede reconocer, preservar y proclamar la Palabra. Pero ninguno de ellos está por encima de la Palabra inspirada, incluso si un libro no inspirado se cruza, no tendrá el mismo peso que la Palabra divinamente dada.
La diversidad eclesiástica antigua, por tanto, no debe ser usada para negar la unidad de la Iglesia ni para desacreditar la suficiencia normativa de la Escritura. Más bien muestra que Dios preservó Su Palabra en una historia concreta, plural y a veces disputada. La Iglesia fue una, santa, católica y apostólica no porque todas sus comunidades fueran idénticas en canon, rito y costumbre, sino porque Dios sostuvo en ella la confesión apostólica de Cristo. Y la Escritura sigue siendo sólida como regla suprema no porque la Iglesia la haya producido, sino porque “nunca la profecía fue traída por voluntad humana”, sino por el Espíritu Santo, que habló, inspiró y preservó la Palabra de Dios para Su pueblo.
