La Iglesia de Jesucristo es una, santa, católica y apostólica. Esta afirmación no significa que todas las comuniones cristianas históricas estén de acuerdo en todo punto dogmático, sacramental, eclesiológico o jurisdiccional. La Iglesia Ortodoxa, la Iglesia Romana y las Iglesias Reformadas tienen diferencias reales y profundas. Sin embargo, aun en medio de esas diferencias, existe un fundamento común sin el cual ninguna de ellas podría reclamar continuidad con el cristianismo apostólico: las Sagradas Escrituras y la confesión trinitaria y cristológica de los primeros credos ecuménicos.
Efesios 2:20-22 declara:
“edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo,
en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor;
en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.”
Este texto establece la estructura básica de la Iglesia. La Iglesia no se funda en sí misma, ni en una institución posterior, ni en una tradición separada de la revelación apostólica y profética. La Iglesia es edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo mismo la piedra angular. Los profetas remiten al testimonio inspirado del Antiguo Pacto; los apóstoles remiten al testimonio autorizado del Nuevo Pacto; y Cristo es el centro, cumplimiento y criterio de ambos.
I. Los 66 libros como núcleo necesario del cristianismo histórico
La primera premisa es esta: los 66 libros del canon bíblico recibido por la tradición reformada constituyen el núcleo común del cristianismo histórico. Esto debe entenderse con cuidado. Roma y Oriente aceptan libros adicionales en el Antiguo Testamento; pero los libros que componen los 66 son recibidos, leídos y confesados como Escritura dentro de las tres grandes ramas de la cristiandad histórica: Ortodoxa, Romana y Reformada.
Por tanto, más allá de la disputa sobre los libros adicionales, hay un hecho teológico e histórico fundamental: sin Génesis, Éxodo, los Salmos, Isaías, los Evangelios, Romanos, Hebreos, Apocalipsis, etc., no existe cristianismo reconocible. Sin estos libros no habría doctrina de la creación, caída, pacto, promesa, encarnación, cruz, resurrección, justificación, Iglesia, sacramentos, misión, consumación ni juicio final. El cristianismo histórico sería imposible.
Este punto puede expresarse de manera presuposicional: los 66 libros son una precondición necesaria para que el cristianismo pueda ser reconocido como cristianismo apostólico. La imposibilidad de lo contrario confirma la tesis. Si una iglesia quitara este núcleo, ya no tendría el fundamento profético-apostólico sobre el cual Cristo edifica su Iglesia. Podría conservar ritos, jerarquías, lenguaje religioso o memoria histórica, pero perdería la norma revelada que hace posible identificar al Cristo verdadero, el Evangelio verdadero y la Iglesia verdadera.
Por eso, toda Iglesia o Tradición que reclame ser la verdadera Iglesia apostólica debe validar su reclamo en relación con las Sagradas Escrituras. No basta decir: “tenemos antigüedad”, “tenemos sucesión”, “tenemos liturgia”, “tenemos tradición” o “tenemos concilios”. La pregunta fundamental es: ¿está esa tradición edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo la piedra angular?
Aquí surge la fuerza de la Sola Scriptura. Sola Scriptura no significa que la Iglesia no tenga historia, maestros, credos, concilios, liturgia o tradición. Significa que ninguna de esas realidades puede colocarse por encima de la Palabra inspirada de Dios. La Escritura es la norma normante; la tradición, los credos y los concilios son normas normadas. Tienen valor en la medida en que confiesan fielmente la revelación apostólica y profética.
II. Homologoumena aplicado al núcleo canónico común
La pregunta clave es: ¿cómo sabemos que estos 66 libros pertenecen al núcleo del canon bíblico?
La respuesta puede formularse mediante el principio de homologoumena, aplicado analógicamente a nuestro tiempo. Es decir, aquellos libros que la Iglesia universal reconoce con una misma voz como Escritura poseen un peso canónico singular. En este sentido, los 66 libros no están en disputa entre las tres grandes ramas históricas de la cristiandad. Roma, Oriente y la Reforma discrepan sobre libros adicionales, pero no niegan este núcleo.
Juan 16:13-15 dice:
“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.
El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.
Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber.”
El Espíritu de verdad no crea una revelación rival a Cristo, sino que glorifica a Cristo tomando de lo suyo y haciéndolo saber a la Iglesia. Por tanto, la recepción histórica del canon no debe entenderse como si la Iglesia hiciera inspirados ciertos libros por decreto. Dios inspiró su Palabra. Dios canonizó su Palabra en el sentido de que Él le dio autoridad divina desde su origen. Y Dios preservó y guió a su Iglesia para reconocer esa Palabra en la historia.
La Iglesia no es madre de la Escritura en el sentido de darle autoridad; es receptora, testigo, guardiana y servidora de la Escritura. La Iglesia oye la voz del Pastor en la Palabra. Como dijo Cristo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen” (Juan 10:27).
Por tanto, los 66 libros son homologoumena en un sentido histórico-universal: son confesados, recibidos y usados por la Iglesia universal como núcleo de la revelación cristiana. Todo libro adicional queda, en relación con este argumento común, en la categoría de antilegomena: no necesariamente falso, no necesariamente inútil, pero sí disputado. Y lo disputado no puede funcionar como fundamento universal obligatorio para toda la Iglesia.
Este punto no resuelve por sí solo todas las disputas entre Roma, Oriente y la Reforma, pero sí establece el terreno común donde esas disputas deben ser juzgadas. Si Roma reclama primacía papal universal, debe probarlo por la Escritura. Si Oriente reclama que cierto concilio o tradición es expresión infalible de la fe apostólica, debe probarlo por la Escritura. Si la Reforma reclama haber recuperado el Evangelio apostólico, debe probarlo por la Escritura. Todo reclamo eclesial queda bajo el juicio de la Palabra de Dios.
III. Los credos ecuménicos como delimitación de la fe bíblica
La segunda premisa es que los primeros credos ecuménicos delimitan la fe trinitaria, cristológica y evangélica de la encarnación. La Iglesia no solo recibió un libro; recibió una confesión verdadera del Dios revelado en ese libro. La Escritura es la norma suprema; los credos son resúmenes fieles de la doctrina bíblica contra errores concretos.
Los primeros credos no inventaron la Trinidad ni la deidad de Cristo. Tampoco inventaron la encarnación. Más bien, defendieron públicamente lo que la Escritura ya enseñaba: que hay un solo Dios; que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son verdaderamente Dios; que el Hijo no es criatura; que el Verbo se hizo carne; que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre; que su persona no está dividida ni confundida; y que su obra salva verdaderamente a su pueblo.
Así, el Credo Niceno-Constantinopolitano protege la doctrina bíblica de Dios contra el arrianismo y otras formas de subordinacionismo. La Definición de Calcedonia protege la doctrina bíblica de Cristo contra confusiones, separaciones o reducciones de sus dos naturalezas. Estos credos funcionan como cercas doctrinales: no sustituyen la Escritura, sino que ayudan a confesar correctamente lo que la Escritura enseña.
Por eso, la Iglesia una, santa, católica y apostólica puede ser reconocida allí donde se conserva este doble fundamento: la Palabra profética-apostólica y la confesión ortodoxa del Dios trino y del Cristo encarnado. Una iglesia que conserva estructura visible pero niega la Trinidad ha abandonado la fe católica. Una iglesia que conserva ritos antiguos pero niega la encarnación verdadera ha perdido el Evangelio. Una iglesia que habla de tradición pero contradice la Escritura se desvía del fundamento apostólico.
IV. La relación correcta entre Escritura, Iglesia y Credo
El orden correcto es esencial.
Primero, Dios revela.
Segundo, los profetas y apóstoles hablan y escriben por inspiración divina.
Tercero, la Iglesia recibe, reconoce, guarda, predica y confiesa esa revelación.
Cuarto, los credos resumen y delimitan la fe bíblica frente al error.
Quinto, la tradición sirve como memoria histórica subordinada a la Palabra.
Cuando este orden se invierte, la Iglesia deja de ser edificada sobre el fundamento apostólico y empieza a edificarse sobre su propia autoridad. Pero cuando este orden se preserva, la Iglesia vive como templo santo en el Señor, edificada en Cristo por el Espíritu.
Esto permite afirmar una tesis fuerte: el cristianismo histórico depende necesariamente de los 66 libros como núcleo canónico común y de los credos ecuménicos como confesión normativa subordinada de la fe bíblica. Los libros disputados pueden ser debatidos; las tradiciones particulares pueden ser evaluadas; las jurisdicciones eclesiásticas pueden reclamar antigüedad; pero nada de eso puede desplazar el fundamento común e indispensable.
Conclusión
La Iglesia es una, santa, católica y apostólica porque pertenece a Cristo, es santificada por el Espíritu, confiesa la fe universal y permanece en la doctrina apostólica. Esa Iglesia tiene como fundamento visible y doctrinal el testimonio de los profetas y apóstoles, preservado en las Sagradas Escrituras, y confesado fielmente en los primeros credos ecuménicos.
Por tanto, los 66 libros del canon bíblico funcionan como el núcleo necesario del cristianismo histórico. Sin ellos, no hay cristianismo apostólico posible. Y los primeros credos ecuménicos funcionan como delimitación fiel de la doctrina bíblica acerca del Dios trino y del Cristo encarnado. Sin esa confesión, la lectura de la Biblia queda expuesta a deformaciones heréticas.
Así, toda Iglesia que reclame ser apostólica debe someterse a este fundamento: Cristo como piedra angular, los apóstoles y profetas como fundamento revelacional, la Escritura como norma suprema, y los credos como confesión subordinada de la fe una, santa, católica y apostólica.
