Sermón IV. En qué se declara lo que debemos de hacer para ser salvos

Sermón IV, del Tercer Concilio Limense (1585). En qué se declara lo que debemos de hacer para ser salvos:  y lo primero, cómo hemos de creer y esperar en Jesucristo:  y de la firmeza de la fe y de la confianza en nuestro salvador.

En este sermón, os diré, hermanos, muy amados, que habéis de hacer para alcanzar el perdón de vuestras culpas, y salvaros, por Jesucristo, Nuestro Señor y redentor. Cuando Jesucristo envió a predicar a sus apóstoles a todas las gentes del mundo, mandándoles que predicase, penitencia y perdón de pecados, y para que se salvasen los hombres, enseñó que había de hacer cuatro cosas.

La primera es recibir la fe de Jesucristo, creyendo en Él (Mt 28:19-20; Mc 16:15-16; Lc 24:46-47). La segunda, tener verdadero dolor de las culpas cometidas, y firme voluntad de no cometerlas más. La tercera, recibir los sagrados sacramentos que él ordenó para remedio de los pecados. La cuarta, cumplir los santos mandamientos de su ley. Estas cuatro cosas, hermanos míos, hemos de tener en la memoria y en el corazón. Y de éstas os tengo de tratar en estos sermones. Rogar a nuestro señor que toque mi lengua para hablar y vuestros oídos para oír Su Palabra.

Lo primero, pues, para salvaros, es necesario que creáis en Jesucristo, Nuestro Señor, porque no se perdonan a ningún hombre los pecados, ni le recibe Dios por hijo suyo, sino teniendo la fe que los cristianos tienen. Y así debes de dar gracias a Dios y estar muy alegres, porque os ha dado Dios, quien os predique y os declare la fe de Jesucristo.

Sabed, hermanos, que todos los que no son cristianos se condenan, y todos los que adoran, las guacas, o montes, o cerros, o el sol y la luna, o cualquier otra cosa, si no es a nuestro Dios y creador y nuestro padre, y hacedor y Señor de todas las cosas. El cual es un mismo Dios con el Padre eterno y con el Espíritu Santo, que son tres personas y un solo Dios verdadero. Y esto, aunque no lo entendáis como es, debéislo creer así firmemente, porque lo enseña la Palabra de Dios, que no puede errar. Y esta es la fe que han tenido y siempre tienen todos los cristianos. Esta fe enseña a Dios por su boca. Esta fe predicaron los varones, santos y profetas y apóstoles, alumbrados de Dios.

Por esta fe murieron muchos millares de mártires, escogiendo antes perder esta vida presente, que no la fe. Y yo que os predico, estoy aparejado a morir en fuego, con la gracia de Dios, antes que dejar esta fe. Y todos los padres y buenos cristianos harán lo mismo con la ayuda de Dios. Con esta fe obraron los santos grandes maravillas, dando vista a los ciegos, y sanando los enfermos, y resucitando a los muertos, y mandando al mar y al Sol y a todas las criaturas, porque están sujetas a esta Palabra de Dios. Con esta misma fe y Palabra de Dios convirtieron a todo el mundo. A reyes y a señores, y a sabios y a poderosos, y todo se sujetaron a la Palabra de Dios y fe de Jesucristo.

Y los que no reciben esta Palabra de Dios y fe de Jesucristo, son desventurados y condenados a los tormentos eternos del infierno. Y mucho más los que después de haber recibido esta fe y hecho cristianos, tornan a los errores y mentiras de sus antepasados, que les enseñan los viejos y hechiceros, ministros del diablo. Los cuales os procuran, apartar de la fe y palabra de Dios, y os mandan, adorar al diablo, y no a Dios, y en las guacas, y ofrecer sacrificios al diablo, mochándole, que en vuestras necesidades y enfermedades, vayáis a los viejos hechiceros, y digáis vuestros pecados y ofrezcáis vuestras cosas. Lo cual todo es mentira y maldad. Y ellos son unos pobres y desventurados y tontos, y os engaña, porque les des de comer, ellos llevan al infierno, donde ellos arderán para siempre jamás con el diablo.

Guardados de estos hechiceros, hijos míos, y no adoréis, sino a sólo Dios verdadero, que hizo los cielos y la tierra, y de los bienes de este mundo, a los que Él es servido, y da los bienes del cielo, para siempre a los que les sirven, y castiga con tormentos de fuego para siempre, a los malos e infieles que sirven al diablo. Y para todas vuestras necesidades y enfermedades, acudir, hijos míos, a Jesucristo, que es vuestro Salvador y vuestro Dios, y tener gran confianza en Él, que, pues, murió en una cruz y dio su sangre por vuestro remedio. Ninguna cosa os negará que le pidáis y hayáis menester. Y si vosotros tuviésedes la fe que debía con Él, veíades como os ayuda y favorece en vuestras necesidades y enfermedades.

Pero mucho más habéis de ir a Jesucristo, y llamarle para el remedio de vuestras almas, y para que vuestros pecados sean perdonados, porque no hay otro remedio, sino Jesucristo, Nuestro Señor. El cual, por su preciosa sangre puede perdonar todos los pecados del mundo, aunque sean más que las arenas del mar y mayores que los montes. Y Él quiere perdonar a los pecadores, y por ello vino al mundo, y ahora os llama y os está diciendo;

“Hijos, yo morí por vosotros en la cruz, y padecí muchos tormentos por vuestro bien. Venir a mí, los que estáis cargados con vuestros pecados, que yo os descansaré y os daré descanso. Tomad mi sangre y tenerla por sacrificio, y serán perdonadas vuestras culpas, aunque hayan sido muy malos y enemigos de Dios. Convertíos a mí, que yo os recibiré. Mirar estas llagas que por vosotros se hicieron. Mirar la sangre que con tanto amor derramé, para que sea medicina de vuestras almas. Con esta sangre se limpiarán vuestros corazones de vuestros pecados, y vosotros seréis salvos. Mucho me contasteis, hijos míos, mucho y mucho hice por vosotros; y, pues tanto os amo, dadme vuestro corazón, que yo os daré descanso y vida perdurable.”

Estas palabras os dice Jesucristo, y con mucho amor, os convida, para perdonar vuestros pecados y salvaros. Pues, hermanos míos, muy amados. ¿Qué respondéis a Jesucristo? Yo el nombre de vosotros le respondo diciendo;

“Señor nuestro Jesucristo, que eres nuestro Salvador y nuestro Dios, y nos haces todo bien; a ti, pedimos perdón de nuestras culpas, y nos pesa de haber sido malos, y te suplicamos, hayas piedad de nosotros miserables, y por tu muerte y sangre preciosa nos hagas salvos. A ti adoramos como nuestro verdadero Dios. En ti creemos como el maestro celestial. En ti esperamos como nuestro redentor y salvador. Y de aquí adelante, no hemos de adorar al diablo, ni sus guacas, ni creer lo que nos dicen los hechiceros mentirosos, sino oír tu Palabra y guardarla para que seamos hijos, tuyos y gocemos de los bienes que nos tienes aparejados en la Gloria perdurable. Amén”

Tercero Catecismo y Exposición de la Doctrina Cristiana por Sermones. Para que los Curas y otros Ministros prediquen y enseñen a los Indios y a las demás personas. Conforme a lo que en el Santo Concilio Provincial de Lima se proveyó. Impreso con Licencia de la Real Audiencia, en la Ciudad de los Reyes, por Antonio Ricardo, primero impresor en estos Reinos del Perú. Año 1585.