Carta de Guido de Brès a Felipe II de España Anexa a la Confesión Belga


Mediante común acuerdo, compuesto por creyentes dispersos por todos los Países Bajos, que desean vivir conforme a la soberanía del Santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

Estad siempre dispuestos a dar
respuesta a todo aquel
que os pida
razón de la esperanza
que hay en vosotros.
1 Pedro 3

Publicado en el año del Señor
Jesucristo: 1562.

Si se nos concediera, oh muy benigno Señor,1 presentarnos ante vuestra Majestad, para demostrar nuestra inocencia respecto de los crímenes de que se nos acusa, y para manifestar la justicia de nuestra causa, no buscaríamos este medio secreto para haceros conocer las amargas lamentaciones de vuestro pueblo por medio de una petición silenciosa o de una confesión escrita. Lo hacemos de esta manera solamente porque nuestros enemigos han llenado vuestros oídos con tantas falsas quejas e informes, que no solo se nos ha impedido comparecer personalmente ante vuestro rostro, sino que también hemos sido expulsados de vuestras tierras, asesinados y quemados en cualquier lugar donde se nos hallare. Al menos, muy benigno Señor, concedednos en el nombre de Dios el privilegio que ningún hombre niega ni aun a las bestias, esto es, permitir que nuestros clamores de queja lleguen a vuestros oídos, aunque sea desde lejos; de modo que, si después de habernos oído vuestra Majestad nos juzgare culpables, entonces aumentad el número de los fuegos y multiplicad los dolores y tormentos en vuestro reino. Pero, por el contrario, si nuestra inocencia os es revelada, sea ella reconocida como apoyo y refugio contra la violencia de nuestros enemigos.

Porque, ¡ay!, muy benigno Señor, si bastara que los hombres acusen a otros de maldad para que al acusado se le niegue todo medio de defensa, ¿quién será hallado justo? ¿De quién entre todos los pueblos será establecida la inocencia? Dicen que somos insurrectos desobedientes que no deseamos otra cosa sino destruir todo orden político y civil e introducir en el mundo confusión y desorden. Además, afirman que no solo queremos libertarnos de vuestro gobierno y poder, sino también arrancar el cetro de vuestras manos. ¡Oh crímenes alegados, indignos de nuestra confesión, indignos de un hombre cristiano, indignos del nombre común de humanidad; dignos solamente de que se renueve el antiguo proverbio de los tiranos: “Los cristianos a las fieras”!

Sin embargo, no basta simplemente con acusar; todo reside en la prueba. Los profetas, los apóstoles, e incluso los de las primeras iglesias de Jesucristo, fueron afligidos, sí, y según la apariencia externa y el juicio carnal de los hombres, fueron oprimidos con calumnias semejantes. Pero así como ellos testificaron y protestaron abiertamente en su tiempo, así también nosotros protestamos y testificamos ahora delante de Dios y de Sus ángeles que no deseamos nada más alto que vivir conforme a la pureza de nuestras conciencias, en obediencia bajo las autoridades, servir a Dios y reformarnos conforme a Su Palabra y a Sus santos mandamientos.

Además de estos testimonios ocultos de nuestras conciencias, aquellos que ejercen oficio y dictan sentencia y juicio en los procesos legales serían buenos testigos de que nunca observaron en nosotros cosa alguna que se inclinara a la desobediencia, ni descubrieron en nosotros resolución alguna de militar en modo alguno contra vuestra Majestad, ni hallaron cosa alguna que perturbara la paz común. Antes bien, encontraron que en nuestras asambleas comunitarias oramos por los reyes y príncipes de la tierra y en particular por vos, oh muy benigno Señor, y por aquellos a quienes habéis autorizado en el régimen y en los oficios de gobierno de las regiones y provincias de vuestro dominio. Porque hemos sido enseñados no solo por la Palabra de Dios, sino también por la instrucción constante de nuestros predicadores, que los reyes, príncipes y autoridades han sido establecidos por ordenanza de Dios. Además, se nos ha enseñado que quien resiste a los magistrados resiste a la ordenanza de Dios y recibirá condenación. Reconocemos y sostenemos que por la sabiduría eterna de Dios reinan los reyes y los príncipes determinan la justicia.

En breve, creemos que ellos tienen su oficio no por injusticia2 ni por despotismo, sino por la misma designación de Dios. Y para demostrar que esto no es mera palabra de nuestros labios, sino convicción profundamente impresa y grabada en nuestros corazones, preguntamos: ¿quién ha sido hallado entre nosotros que os haya negado, muy benigno Señor, el tributo o impuesto que se le requería? Antes bien, la obediencia para pagar fue concedida tan pronto como fue dado el mandamiento. ¿Qué depósito de armas, qué conspiración fue jamás descubierta, aun cuando hemos sido sometidos a tan crueles dolores y tormentos por aquellos que se han revestido de vuestro nombre y poder para cometer toda crueldad contra nosotros? Estos tormentos fueron tan atroces que bastaban para irritar la paciencia de las personas más benignas y mansas, y para mudar su disposición a ira y desesperación. Sin embargo, damos gracias a nuestro Dios porque la sangre de nuestros hermanos que fue derramada por nuestra causa —o más bien, por la causa de Jesucristo y el testimonio de la verdad— clama en nuestro favor. Porque verdaderamente todos los destierros, encarcelamientos, potros, torturas y otras innumerables opresiones testifican claramente que nuestro deseo y convicción no son carnales, pues según la carne podríamos haber vivido mucho más cómodamente si no hubiéramos tomado posición por estas doctrinas.

Pero como teníamos el temor de Dios delante de nuestros ojos, y así temiendo la amenaza de Jesucristo, quien dice que nos negará delante de Dios Su Padre si nosotros le negamos delante de los hombres, ofrecemos nuestras espaldas al látigo, nuestras lenguas a los cuchillos, la boca al bozal, y todo el cuerpo a las llamas. Porque sabemos que quien quiera seguir a Cristo debe tomar su cruz y negarse a sí mismo. Jamás un alma bien disciplinada, es decir, una que no esté espiritualmente ciega ni privada de sus sentidos, consideraría el trastorno de abandonar su tierra, sus parientes y sus amigos, para poder vivir en paz y tranquilidad. Jamás una persona espiritualmente sana se propondría sufrir por causa del evangelio procurando quitar la corona al rey o resolviendo oponérsele con engaño, porque en el evangelio leemos: dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

Antes bien, estos creyentes, al ofrecer y entregar sus cuerpos y sus bienes al Rey, suplican humildemente a Su Majestad que se les conceda obedecer a Dios en aquello que Él requiere. Porque no tenemos derecho ni podemos rehusar obedecerle, pues Él nos ha hecho y nos ha comprado para Sí mediante el pago del precio más precioso y de valor infinito.

Tampoco es necesario que os sintáis obligado a escuchar las opiniones de nuestros enemigos. Ellos abusan gravemente de vuestra bondad y paciencia al afirmar que no nos oponemos abiertamente a vos como Rey solo porque somos pocos en número. Alegan también que cada uno de nosotros en su corazón es desobediente y rebelde, esperando únicamente a que la mayoría del pueblo lleve su fanatismo a la acción para lanzarse violentamente contra vos. Porque, por mucho que tuerzan y perviertan los hechos, os aseguramos, muy benigno Señor, que en vuestros Países Bajos hay más de cien mil hombres que mantienen y siguen la religión cuya confesión os entregamos ahora. Sin embargo, en ninguna de estas personas se ha visto jamás preparación alguna para rebelión. En verdad, nunca se oyó de estas personas palabra alguna que condujera a insurrección.

Hemos hablado, muy benigno Señor, del gran número de nuestros hermanos no para infundir miedo o terror a vuestros oficiales menores y siervos, sino más bien para refutar las calumnias de aquellos que por medio de mentiras podrían mover a quienes no nos envidian a hacerlo.3 Además, hemos hablado así para moveros a compasión. Porque tristemente, si extendéis vuestra poderosa mano para lavarla en la sangre de tantas personas, ¡qué devastación causará delante de Dios entre vuestros súbditos, qué heridas en vuestro pueblo, qué llanto, qué lamento, qué gemido entre las mujeres, los niños, y los familiares y amigos! ¿Quién podrá contemplar con ojos secos y no bañados en lágrimas a muchos ciudadanos honorables, amados por todos y odiados por ninguno, entregados a oscuras y espantosas prisiones, soportando opresiones y torturas que terminan en los más vergonzosos suplicios y en una muerte más cruel y bárbara que las jamás inventadas por los paganos y por tiranos impíos? Mientras tanto, sus esposas, si logran huir, vagan por tierras extranjeras, mendigando pan de puerta en puerta con sus hijitos colgados de su cuello.

Oh muy benigno Señor, no permita Dios que la posteridad describa vuestro reinado como sangriento y cruel. Que nadie diga que el honor de vuestros antepasados, la grandeza de vuestro padre, y vuestras propias virtudes y piedad fueron oscurecidas por una crueldad, una crueldad digo, natural a las bestias, pero indigna del hombre. Sería una crueldad contraria a lo que un príncipe y gobernante debe ser, cuya grandeza y verdadera piedad se expresan especialmente por la benignidad y la compasión, verdaderas marcas distintivas entre un rey auténtico y un tirano.

En cuanto a la persecución que sufrimos no solo como enemigos de vuestra corona y del bien común, sino también como enemigos de Dios y de Su iglesia, humildemente os suplicamos que juzguéis cuidadosamente este asunto conforme a nuestra confesión de fe que os presentamos, estando siempre listos y dispuestos, si fuere necesario, a sellarla con nuestra propia sangre. Por medio de esta confesión, como esperamos, reconoceréis que se nos vilipendia injustamente como cismáticos o perturbadores de la unidad de la sociedad, como desobedientes y como herejes, puesto que estamos comprometidos con y confesamos no solo los puntos más fundamentales de la fe cristiana contenidos en los símbolos de la fe común, sino también toda la doctrina revelada por Jesucristo para una vida de justicia y salvación. Esta doctrina fue predicada por los evangelistas y apóstoles, sellada con la sangre de tantos mártires, preservada pura e íntegramente en la iglesia primitiva; hasta que fue corrompida por la ignorancia, la codicia y el deseo de alabanza de los predicadores, mediante invenciones humanas e instituciones humanas contrarias a la pureza del evangelio.

Nuestros opositores niegan sin pudor que este evangelio sea el poder de Dios para salvación, y rechazan a todos los que lo creen, cuando nos condenan y matan porque no recibimos lo que no se halla en él. Tampoco son inocentes de blasfemia contra el Espíritu Santo cuando afirman que todo el tesoro de la sabiduría de Dios y los medios abundantemente suficientes para nuestra salvación no están contenidos y presentes en el Antiguo y Nuevo Testamento. Más bien, sostienen que sus invenciones son necesarias; que nosotros somos malditos e indignos de la convivencia natural entre los hombres, y solo dignos de ser muertos en el cuerpo y arrojados en nuestras almas al abismo del infierno. Mientras desprecian la verdad, nuestros enemigos tienen sus invenciones en igual o aun mayor estima y valor que el evangelio.

La debilidad de nuestra carne vacila ante estas palabras, atemorizada por las amenazas de aquellos que tienen poder para reducir nuestros cuerpos a cenizas. Pero por otra parte, oímos lo que dice el apóstol: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema”. Oímos a San Juan, que concluye su profecía con estas palabras: “Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro”. En resumen, vemos que se nos manda seguir solo la Palabra de Dios, y no cualquier cosa que nos parezca bien; porque se nos prohíbe añadir o quitar a los santos mandamientos del gran Dios. Jesucristo nos dice que Él nos ha dado todo lo que oyó de Su Padre; y si Él guardó silencio (a causa de la debilidad de los apóstoles) respecto de algo que prometió revelarnos por el Espíritu Santo que nos enviaría, estamos seguros (porque Él es la Verdad misma) de que ha cumplido esa promesa. Los misterios prometidos fueron dados a conocer y están contenidos en los Evangelios y en los escritos de los apóstoles, después de hecha la promesa antedicha y derramado el Espíritu Santo. De ello se desprende que aquellos individuos abusan de este pasaje de la Escritura, quienes por esta palabra “misterios” entienden —cosa que los apóstoles ni soportaron ni pudieron soportar— sus propias ceremonias y supersticiones inútiles, contrarias a la Palabra de Dios.

Nos limitamos a presentarlo, aunque sería fácil demostrar sus errores por medio del testimonio de la Escritura (pero se nos amonesta a usar en una carta los medios y la brevedad que son apropiados), porque tememos ser molestos a vuestra Majestad. Humildemente os suplicamos, en el mismísimo Nombre de Aquel que os ha establecido y preservado en vuestro reino, que no permitáis que aquellos que están en autoridad, vencidos por la codicia, el deseo de honra y alabanza de los hombres, y otras malas inclinaciones, usen vuestro brazo, autoridad y poder para satisfacer sus concupiscencias, saciándolo y llenándolo con la sangre de vuestros súbditos, los cuales son alabados por su genuino celo por el temor de Dios y Su servicio. Porque nos persiguen bajo la perversa acusación de que somos culpables de insurrección, deserción y otros delitos, con los cuales os inflaman contra nosotros.

Sin embargo, muy benigno Señor, considerad: ¿no ha sido siempre verdad que el mundo aborreció la luz y se opuso a la verdad; y que quien habla fielmente esta palabra de verdad es tenido por culpable de insurrección, porque la gente incita a otros a oponérsele? Por el contrario, debe atribuirse el tumulto y la ofensa a quien ha sido el enemigo implacable de Dios y de los hombres, esto es, el Diablo, quien, no queriendo perder su reino, que existe en la idolatría, el falso culto de Dios, la fornicación y otros innumerables errores prohibidos por el evangelio, levanta tumulto y oposición por todas partes para resistir el avance del evangelio. Añádase a esto la ingratitud del mundo, que en vez de recibir con gratitud la Palabra de su Maestro, sus pastores y su Dios, se opone a la misma por, entre otras razones que podrían mencionarse, el largo tiempo que ha vivido en infidelidad y error. El mundo incrédulo resiste voluntariamente, por la costumbre del espíritu de los siglos, a Aquel que hizo el mundo y los siglos, y a quien toda gratitud es debida.

A vos corresponde, muy benigno Señor, a vos corresponde tener conocimiento de estas cosas para que os opongáis a los errores, por muy obstinados que sean, por estar profundamente arraigados en los siglos. A vos corresponde proteger la inocencia de aquellos que han sido más oprimidos que oídos en su justa causa. De esta manera, el Señor os bendecirá y os preservará. El Señor alce Su rostro y lo haga resplandecer sobre vos, os proteja y os mantenga en toda prosperidad. Amén.