Artículo Tercer: Saber y creer que el Hijo de Dios murió en la cruz

“Y fue causa muy conveniente que el hijo de Dios padeciese, muerte y pasión para que por ella, nosotros fuésemos liberados de la muerte eterna que es el infierno. Y la razones, porque por el pecado que nuestro primer padre Adán cometió contra Dios, mereció él, y todos los que de él descendemos pena de muerte eterna, que es el infierno. Porque aunque el alma sea inmortal, pero dícese muerta cuando va al infierno, porque más le valdría morir muchas veces que no ir al infierno.

Y mereció el hombre muerte eterna y pena infinita, porque el hombre que fue nuestro padre, Adán ofendió a Dios, que es infinito. Por esto quedó obligado a pena infinita y a muerte eterna, que es el infierno, él y todos los que de él descendemos.
Y porque esta deuda, tan grande y tan infinita, y pena y muerte perpetua a que éramos obligados, ninguno la podía pagar, ni satisfacer, sino aquel que tuviese poder y virtud infinita, y este es sólo Dios, y no hay otro ninguno, porque sólo Dios es de infinita, virtud, y bondad y poder, el cual sólo pudo satisfacer por el pecado de nuestro padre Adán, y por la deuda y muerte, que todos debíamos de morir eternamente en el infierno para siempre; por esto quiso el Hijo de Dios, morir en la cruz por nosotros, porque nosotros no muriésemos en el infierno; y dio y derramó toda su sangre en precio y paga del pecado de nuestro padre Adán y de todos los nuestros pecados. Y así por su muerte somos librados del poder del demonio y del infierno. Y esta es la causa porque el hijo de Dios quiso dejarse morir.

Y por qué Dios, en cuanto Dios no podía morir ni padecer, ni sufrir mal ni pena, quiso para poder padecer y morir tomar nuestra humanidad y hacerse hombre, para que en aquella humanidad padeciese penas y muerte por nosotros para salvarnos y redimirnos, lo cual no pudiera padecer siendo solamente Dios.”

Monumenta Catechetica Hispanoamericana, página 251-252.

Artículo Tercer: Saber y creer que el Hijo de Dios murió en la cruz. La «Doctrina Cristiana para instrucción e información de los indios» de Fray Pedro de Córdoba, escrita hacia 1520 e impresa en México en 1544, fue uno de los primeros catecismos de América. Defendía la dignidad humana de los indígenas y su capacidad para la gracia divina, promoviendo una evangelización pacífica, la catequesis en lenguas nativas y la defensa de sus derechos humanos.