Introducción
La llegada y el subsiguiente desarrollo del cristianismo en Hispania, desde el siglo I hasta las postrimerías del siglo VIII, constituyen un capítulo fundamental en la historia religiosa y cultural de la Península Ibérica y posteriormente para la América Hispana. Este artículo explora cómo el Evangelio de Jesucristo fue comprendido, interpretado y difundido a través de los diversos paisajes sociopolíticos de la Hispania romana y visigoda. Inicialmente un movimiento incipiente dentro de las comunidades judías urbanas, el cristianismo penetró gradualmente en la sociedad romana, evolucionando de una minoría perseguida a la religión oficial del Imperio. Tras el colapso de la autoridad romana, se adaptó a las nuevas realidades del dominio visigodo, navegando cismas teológicos como el arrianismo y forjando una identidad cristiana hispano-visigoda distintiva. Este periodo fue testigo de la formación de estructuras eclesiásticas, la articulación de doctrinas fundamentales a través de concilios significativos, la adaptación de los métodos de predicación y el surgimiento de prácticas litúrgicas y devociones populares únicas. Se argumenta que la comprensión y la predicación del Evangelio en Hispania fueron procesos dinámicos, profundamente moldeados por la continua adaptación a contextos sociopolíticos cambiantes, la rigurosa resolución de controversias doctrinales internas y el desarrollo orgánico de sólidas instituciones eclesiásticas y expresiones de piedad popular.
I. Los Orígenes y la Semilla del Evangelio en Hispania Romana (Siglos I-III)
Esta sección profundiza en la penetración inicial del cristianismo en la Península Ibérica, examinando las vías, a menudo oscuras, a través de las cuales el mensaje del Evangelio llegó y comenzó a echar raíces. Se explorará la naturaleza de estas comunidades nacientes, sus fundamentos teológicos y los métodos empleados para su evangelización, todo ello en el contexto de las políticas imperiales romanas y las persecuciones intermitentes.
A. Vías de Entrada y Primeras Comunidades
La presencia del cristianismo en la Península Ibérica se remonta al siglo I d.C., aunque su consolidación como un movimiento religioso significativo no se produjo hasta el siglo III, cuando ya existían comunidades plenamente organizadas. Estas comunidades eran fundamentalmente urbanas y estaban estrechamente vinculadas a la aristocracia hispanorromana tardía. La difusión del Evangelio se realizó principalmente a través de mercaderes, colonos y soldados ya convertidos, quienes, al desplazarse por las rutas comerciales y militares del Imperio, llevaban consigo el mensaje cristiano. La penetración inicial fue más notable en las zonas urbanas, marítimas y fluviales del sur y este de la península.
Existe una notable escasez de fuentes fidedignas y restos arqueológicos que documenten el cristianismo hispano en el Alto Imperio, lo que ha generado un terreno fértil para la proliferación de numerosas leyendas fantasiosas sobre sus orígenes apostólicos. Una de las tradiciones más extendidas es la predicación de Santiago el Mayor en España. Sin embargo, esta leyenda carece de una base histórica sólida, ya que el martirio del apóstol en el año 44 d.C. hace improbable una evangelización extensa en una tierra tan lejana en tan poco tiempo. De manera similar, se menciona una tradición que sitúa a Pablo de Tarso desembarcando en Tarragona, aunque los historiadores la critican por falta de evidencia, a pesar de que el propio Pablo expresó en una de sus cartas su interés en viajar a Hispania (Romanos 15:24,28). Otra tradición, cuya veracidad y destinos exactos son inciertos, es el envío de siete varones apostólicos por San Pedro para predicar en Hispania. La ausencia de testimonios históricos fiables no fue un impedimento para que las mentes medievales recrearan estos orígenes, adaptándolos a los gustos de su época y construyendo un glorioso origen apostólico para numerosas iglesias locales, lo que refleja una necesidad posterior de legitimar y ennoblecer los inicios del cristianismo hispano.
Las primeras comunidades hispanas mantenían relaciones e influencias con las iglesias del norte de África y Roma. Un testimonio crucial de la existencia y organización de estas comunidades es el Concilio de Elvira, celebrado hacia el año 300 en la actual Granada. Este concilio, considerado el primero realizado en Hispania, es una muestra de la existencia de una comunidad religiosamente diversa y ya estructurada, con la participación de obispos y diáconos de distintas partes de la península.
La concentración inicial del cristianismo en las ciudades y entre la aristocracia hispanorromana sugiere una difusión que podríamos denominar “urbano-aristocrática” o “de arriba hacia abajo” en la estructura social. Esta dinámica implicaba que el Evangelio era recibido y adoptado por las élites antes de permear a la población general. La difusión a través de mercaderes, colonos y soldados naturalmente favorecía los centros urbanos y las rutas comerciales, donde las élites, con su influencia y recursos, podían facilitar la organización y el sostenimiento de las primeras comunidades. La escasez de evidencia arqueológica temprana, como la falta de grandes edificios eclesiásticos monumentales , se explica por el hecho de que las prácticas y reuniones se realizaban en contextos privados, una realidad más factible para grupos de élite. El Concilio de Elvira, que se preocupó por regular la vida de los magistrados , confirma la presencia significativa de cristianos en estos círculos. Esta forma de propagación sugiere que la comprensión del Evangelio en sus inicios pudo haber estado influenciada por las preocupaciones y el ethos de la clase dominante, quizás enfatizando aspectos de orden social y moralidad que resonaran con la aristocracia romana. Esto, a su vez, facilitaría la posterior integración del cristianismo en las estructuras imperiales, ya que la doctrina ofrecía un modelo alternativo de organización social atractivo en tiempos de crisis del Imperio Romano.
B. Entendimiento Teológico Primitivo
El cristianismo primitivo se gestó en el seno del judaísmo del siglo I. La figura de Pablo de Tarso fue fundamental en la adaptación de las creencias judías al público culto helenístico, rompiendo con la Ley mosaica en beneficio de la Fe y desjudaizando el movimiento. Este proceso condujo a la introducción a los Evangelios en la Biblia, y el surgimiento de una visión renovada sociocultural y una aplastante mayoría e influencia de los gentiles helenísticos.
El monoteísmo cristiano, al negar la divinidad de otras deidades y, crucialmente, la del emperador, representó una amenaza directa para las tradiciones romanas y la convivencia social, lo que llevó a su persecución. A pesar de ello, el cristianismo ofrecía un modelo alternativo de organización social durante la crisis del Imperio Romano, lo que lo hacía atractivo para algunos sectores.
Durante estos primeros siglos, el dogma cristiano se fue conformando gradualmente, y el orden eclesial, encabezada por los obispos, se consolidaba.
C. Métodos de Predicación y Evangelización
La comunicación oral del mensaje bíblico, conocida como kerygma, era el método por excelencia para la salvación y edificación de los creyentes. El Evangelio era concebido como el poder de Dios para la salvación. La escucha era fundamental para la fe, especialmente dada la baja tasa de alfabetización de la época, que se estima en un 10-15% entre los cristianos.
Las prácticas funerarias también sirvieron como una forma temprana de expresión y difusión de la fe. La adopción de la inhumación en el siglo II llevó a la proliferación de sarcófagos decorados con iconografía salvífica, como escenas de Noé, Daniel en el foso de los leones o Jonás siendo tragado y regurgitado por el monstruo marino. Estos motivos simbolizaban los efectos salvíficos de la creencia en Dios y la esperanza en la resurrección, un mensaje central del Evangelio. Estas representaciones eran especialmente comunes en los cementerios suburbanos, a menudo asociados con los cultos martiriales.
El Evangelio no solo se predicaba a través de la palabra hablada y escrita, sino que también se “visualizaba” y se “vivía” en las prácticas cotidianas y funerarias de las comunidades cristianas. La iconografía funeraria, con sus símbolos de salvación, comunicaba visualmente la esperanza de la resurrección y la vida eterna, elementos centrales del mensaje evangélico. El reconocimiento a los mártires en los cementerios creaba espacios sagrados que reforzaban la fe y la identidad comunitaria, sirviendo como puntos de encuentro y testimonio. Este enfoque demuestra una comprensión del Evangelio que permeaba todos los aspectos de la vida, incluyendo la muerte. La “predicación” era un acto integral que utilizaba tanto la palabra, lo escrito como el arte y el ritual para comunicar la “buena nueva”. Esta aproximación holística fue fundamental para que el Evangelio echara raíces profundas en la sociedad hispanorromana, incluso antes de su legalización, al ofrecer un sistema de creencias con expresiones tangibles y significativas para la vida y el más allá.
D. Las Persecuciones Romanas y su Impacto
La religión cristiana fue objeto de persecución en el Imperio Romano durante sus primeros tres siglos de existencia. Las principales motivaciones de estas persecuciones radicaban en el monoteísmo cristiano y su negativa a reconocer cualquier divinidad que no fuera Dios, lo que se percibía como una amenaza directa a las tradiciones romanas y al orden imperial. El cristianismo fue etiquetado como superstitio, una práctica peligrosa que debía ser controlada para preservar la estabilidad del Estado. Las persecuciones fueron inicialmente localizadas, como la que tuvo lugar bajo el emperador Nerón (64-68 d.C.), pero se intensificaron bajo emperadores como Decio, Valeriano y Diocleciano.
Paradójicamente, lejos de destruir el cristianismo, estas persecuciones contribuyeron a su expansión y fortalecieron la identidad cristiana, consolidando su estructura organizativa. La célebre frase de Tertuliano, “la sangre [de los mártires] es semilla de nuevos cristianos,” resume el impacto de esta adversidad. El martirio se convirtió en el testimonio supremo de la fe, y la resistencia de los cristianos a las exigencias imperiales, como la adoración del emperador, reforzó su identidad y cohesión.
Las primeras evidencias cristianas urbanas en Hispania están estrechamente relacionadas con los reconocimientos martiriales, que casi siempre tenían lugar en los cementerios suburbanos, fuera del centro de las ciudades. Alrededor de los restos o la memoria de los mártires, se erigían mausoleos donde se celebraban reuniones y liturgias en fechas específicas. Los fieles, creyendo en la sacralidad del lugar, deseaban ser enterrados cerca de las tumbas de los mártires. Con el tiempo, estos mausoleos de santos se transformaron en basílicas, permitiendo la realización de ritos en el interior.
Las persecuciones romanas, aunque brutales, no solo no detuvieron la expansión del cristianismo, sino que, de manera contraintuitiva, actuaron como un mecanismo de selección y fortalecimiento, clarificando la comprensión del Evangelio y solidificando la identidad de la Iglesia. La negativa a adorar al emperador y la afirmación del monoteísmo eran actos de fe que definían al cristiano y que, en última instancia, llevaron al martirio. El martirio se convirtió en el testimonio de los portadores del Evangelio, y el reconocimiento a los mártires creó centros de de admiración que unían a las comunidades. La necesidad de resistir la presión externa forzó a la Iglesia a definir más claramente sus creencias y prácticas, como se observa en el Concilio de Elvira, que surgió en un contexto de persecuciones. El Evangelio, en este contexto, se entendía como una verdad absoluta por la cual valía la pena morir, una fe que demandaba una lealtad exclusiva a Dios. Esta comprensión radical generó una comunidad de creyentes profundamente comprometida, con una identidad fuerte y una estructura organizada capaz de sobrevivir y crecer en la adversidad. La “predicación” del Evangelio se realizaba a través del heroísmo de la fe y el sacrificio, que resonaba profundamente en la sociedad romana.
II. La Consolidación y Estructuración del Evangelio en Hispania Romana (Siglos IV-V)
A. De la Tolerancia a la Religión Oficial
El siglo IV marcó un punto de inflexión decisivo para el cristianismo en el Imperio Romano, y por ende en Hispania. En el año 311 d.C., el emperador Galerio promulgó un edicto de tolerancia que legalizó el cristianismo y ordenó la restitución de los bienes confiscados a la Iglesia. Este acto fue rápidamente seguido por el Edicto de Milán en el año 313 d.C., decretado por Constantino, que proclamó el fin de las persecuciones y la libertad de culto para todos los ciudadanos. Este evento fue fundamental para la rápida expansión del cristianismo en todo el Imperio, incluyendo Hispania, donde ya existían casi una veintena de obispados antes de esta legalización. Constantino, a menudo considerado el primer emperador cristiano, forjó una alianza estratégica entre la Iglesia y el Estado, concediendo numerosos privilegios económicos a la Iglesia y promoviendo concilios, como el de Nicea en el 325 d.C., presidido por el influyente obispo Osio de Córdoba.
La culminación de este proceso de oficialización llegó en el año 380 d.C. con el Edicto de Tesalónica, emitido por el emperador Teodosio I. Este edicto estableció el cristianismo niceno como la religión oficial del Imperio Romano, transformando la fe en un nuevo instrumento ideológico de poder con amplias consecuencias políticas, administrativas y sociales.
A partir de la legalización y oficialización, los obispos hispanos vieron acrecentar su patrimonio y su influencia social. Se convirtieron en una minoría dominante, receptora de donaciones y privilegios. Su poder político se consolidó aún más en las ciudades a medida que la administración civil romana desaparecía en el siglo V, dejando un vacío que la jerarquía eclesiástica, especialmente los obispos, estaba en posición de llenar. Esta transformación no solo fue institucional; a lo largo de los siglos IV y V, la morfología de las ciudades romanas se alteró profundamente, con la cristianización de los espacios urbanos, que implicó el reemplazo de antiguos foros y templos paganos por iglesias y complejos episcopales.
La alianza entre la Iglesia y el Estado, que se selló con la legalización y posterior oficialización del cristianismo por el Imperio Romano, representó un punto de inflexión con implicaciones duales. Por un lado, esta alianza impulsó exponencialmente la expansión y el poder de la Iglesia, proporcionando recursos, protección y un marco legal que facilitó la evangelización a gran escala. La Iglesia pasó de ser una entidad perseguida a una institución con privilegios fiscales e inmunidades, lo que le permitió llevar a cabo obras caritativas y asistenciales a una escala mucho mayor. Por otro lado, esta profunda integración con el poder imperial introdujo el riesgo de instrumentalización. La Iglesia, al convertirse en un pilar ideológico del Estado, corría el riesgo de ver su mensaje y su misión supeditados a los intereses políticos, perdiendo parte de su autonomía espiritual. Este equilibrio delicado entre el apoyo estatal y la independencia eclesiástica sería una constante a lo largo de la historia del cristianismo en Hispania. La Iglesia, una vez respaldada por el poder del Estado, desempeñó un papel crucial en la promoción de los valores cristianos y en la reestructuración de la sociedad romana según principios cristianos.
B. Desarrollo Doctrinal y Concilios Locales
El desarrollo doctrinal en Hispania durante los siglos IV y V estuvo marcado por la necesidad de consolidar la ortodoxia y abordar las herejías emergentes, un proceso en el que los concilios locales desempeñaron un papel fundamental. El Concilio de Elvira, celebrado hacia el año 300 d.C. en la actual Granada, es el primer concilio conocido en Hispania y una fuente vital para comprender la vida de las primeras comunidades cristianas. Sus cánones, que han llegado hasta nuestros días, ofrecen datos sobre la moral, la fe y el orden eclesiástico de la época. Entre sus disposiciones más notables se encuentran la prohibición del celibato para el clero, la restricción de la colocación de imágenes en las iglesias para evitar la idolatría, y la regulación de la vida de los magistrados cristianos. Este concilio es un ejemplo de una comunidad religiosamente diversa y de la preocupación por restaurar el orden interno en un contexto aún marcado por las persecuciones.
Una de las controversias doctrinales más significativas de finales del siglo IV en Hispania fue el priscilianismo, una corriente religiosa fundada por Prisciliano que mezclaba ideas gnósticas y maniqueas, caracterizada por un ascetismo riguroso. Esta doctrina, especialmente popular en Gallaecia, fue condenada en el sínodo de Zaragoza del 380 d.C., y Prisciliano y algunos de sus seguidores fueron excomulgados en el 385 d.C. por las autoridades civiles, aunque por presión de algunos obispos. El priscilianismo representó un desafío a la ortodoxia católica y al orden eclesiástico, que buscaba unificar la fe y la disciplina.
La teología hispana de este periodo también se nutrió de la influencia de los Padres de la Iglesia, tanto locales como universales. Figuras hispanas destacadas cuyas obras prueban la fuerza del cristianismo en las provincias incluyen a Isidoro de Sevilla, Prudencio, Paciano, y Osio de Córdoba. San Isidoro de Sevilla, en particular, se convertiría en una figura cumbre de la cultura visigoda, con una vasta producción teológica y enciclopédica.
Así, el kerigma cristiano proclamado en Hispania era el núcleo del Evangelio de Cristo: la Encarnación, la Pasión redentora, la Resurrección y el señorío de Jesús. Los cronistas y teólogos visigodos asumían la cronología tradicional del Nuevo Testamento. Según la Crónica de san Isidoro, «nuestro Señor Jesucristo nace de la Virgen en Belén» (en el reinado de Augusto) y «en su decimoctavo año nuestro Señor fue crucificado» (cumpliendo los tiempos bíblicos de la Pasión). Estos datos refuerzan la enseñanza de la Iglesia de que Jesús es el Mesías encarnado, concebido por el Espíritu Santo y nacido de María para la redención y salvación de las naciones (Lucas 1:31; Mateo 1:23, Hechos 3:25).
La muerte de Cristo en la cruz se interpretaba como el acto central de la salvación. Como predicó el obispo Paciano de Barcelona (siglo IV), con Cristo la humanidad ha sido liberada del pecado: «Él… nos ha redimido, consiguiendo el perdón de todos nuestros pecados… [al clavar el acta de la desobediencia en la cruz]… Soltó a los cautivos y rompió nuestras cadenas».
Más allá de las figuras locales, la teología hispana se vio profundamente influenciada por Padres de la Iglesia de otras regiones que también efatizaban la realidad de la fe cristiana para todos los pueblos. Agustín de Hipona (354-430 d.C.), obispo del norte de África, fue una figura cumbre de la historia cristiana y uno de los pensadores más importantes de la historia universal. Su vasta obra, que incluye La Trinidad y La Ciudad de Dios, profundizó en la doctrina de la Trinidad, la cristología, la soteriología (Cristo como único mediador y redentor), el pecado original, la gracia y la vocación universal a la santidad. La filosofía agustiniana se centraba en Dios y el hombre, buscando la verdad a través de la interioridad y la fe. De este modo el pensamiento y la influencia de Agustín fue fundamental para la teología católica, hispana y posteriormente reformada en general , y su obra fue estudiada y debatida en Hispania, como lo demuestran las referencias a su recepción y estudio.
Otro Padre de la Iglesia de enorme relevancia fue San Jerónimo (c. 347-420 d.C.), cuya principal contribución fue la traducción de la Biblia al latín, conocida como la Vulgata. Esta traducción fue crucial para la unidad de la fe cristiana, sirviendo de base para la teología, la doctrina y la liturgia en Occidente durante más de mil años. La Vulgata fue una traducción “sentido por sentido” en lugar de “palabra por palabra”, basada en la comparación con los textos hebreos originales, lo que la hizo controvertida en su tiempo pero le confirió una gran autoridad. La influencia de San Jerónimo en la exégesis bíblica hispana visigoda fue significativa, ya que enfatizó la importancia del estudio y la interpretación cuidadosa de las Escrituras, abogando por una exégesis rigurosa y contextual. Sus escritos y su obra fueron adoptados por la Iglesia en todo el mundo y allanaron el camino para la exégesis bíblica en los siglos siguientes.
La patrística hispana, tanto a través de sus propios autores como de la recepción de los Padres universales, actuó como un espejo de las preocupaciones teológicas y pastorales locales. La forma en que figuras como Isidoro de Sevilla abordaron las cuestiones doctrinales y disciplinarias, a menudo en el marco de los concilios, refleja los desafíos específicos de la Iglesia en Hispania. La condena del priscilianismo, por ejemplo, no fue solo una cuestión de ortodoxia, sino también de control eclesiástico sobre movimientos ascéticos y proféticos que podían desestabilizar el orden establecido. La asimilación de las obras de Agustín y Jerónimo, con su énfasis en la Trinidad, la cristología y la correcta interpretación de las Escrituras, dotó a la Iglesia hispana de un marco teológico robusto para enfrentar sus propios debates y consolidar su identidad católica en un contexto de transición del Imperio Romano al reino visigodo. Esta interacción entre lo universal y lo local fue crucial para la formación de una teología hispana distintiva.
C. Prácticas Litúrgicas y Vida Comunitaria
La consolidación del cristianismo en Hispania, especialmente a partir del siglo IV, se reflejó en una profunda transformación de las prácticas litúrgicas y de la vida comunitaria. El culto cristiano evolucionó de reuniones privadas a celebraciones públicas, lo que conllevó cambios arquitectónicos significativos. Los grandes edificios monumentales en el foro romano comenzaron a ser convertidos en complejos eclesiásticos, aunque este fue un proceso largo y gradual. Las primeras evidencias cristianas urbanas estaban asociadas a los cultos martiriales, que se celebraban en cementerios suburbanos, donde los fieles enterraban los restos o la memoria de los mártires. Con el tiempo, estos mausoleos se transformaron en basílicas. Dentro de las ciudades, los complejos episcopales aparecieron excepcionalmente en el siglo IV, y no fue hasta dos siglos después que se pudo observar un paisaje urbano claramente cristianizado.
La liturgia hispánica, influenciada por la sinagoga, incorporó la celebración del domingo en lugar del sábado judío, la conmemoración de la Última Cena en los ritos eucarísticos y la lectura de las Sagradas Escrituras, incluyendo progresivamente los libros del Nuevo Testamento. El culto incluía la lectura de las Escrituras, el canto de salmos, la predicación de sermones y las oraciones. La reunión hispánica tenía una estructura definida, con una liturgia de la Palabra que incluía lecturas del Antiguo Testamento y el Evangelio, y una liturgia Eucarística con elementos como el Credo, introducido antes que en la liturgia romana por influencia bizantina. El Oficio Divino, con sus horas canónicas mayores (Matutinum, Vesperum, Nocturnos) y menores (Tertia, Sexta, Nona), estructuraba la vida de oración del clero y los monjes.
La vida cotidiana de los cristianos hispanos estaba profundamente marcada por la fe. El día, la semana y el año seguían el ritmo de las prácticas religiosas. Al inicio y al final del día, los fieles se recogían en oración, meditando la Escritura y cantando salmos. Ya desde el siglo III, existían oratorios en casas privadas. La comida también tenía un carácter importante, y se buscaba la moderación y la compostura. Los miércoles y viernes eran días de ayuno facultativo. La cena eucarística, o agapé, se celebraba por la mañana, abriéndose con oración y cerrándose con acción de gracias.
La liturgia, con sus ritos y prácticas, se erigió como el eje central de la identidad cristiana y un poderoso instrumento de evangelización interna. Al participar en las lecturas de las Escrituras, el canto de los salmos y las oraciones, los creyentes no solo recibían instrucción, sino que también experimentaban una profunda transformación y se unían en una identidad compartida. La reunión hispánica, con su estructura y el temprano uso del Credo, contribuía a la cohesión doctrinal y a la afirmación de la fe en la Trinidad y la naturaleza de Cristo y Su mensaje de salvación. La vida cotidiana, impregnada de oración y prácticas ascéticas como el ayuno, no solo edificaba espiritualmente a los individuos, sino que también presentaba un modelo de vida alternativo a la sociedad pagana, lo que atraía a nuevos conversos. Los espacios sagrados, especialmente los construidos sobre tumbas de mártires, se convirtieron en focos de peregrinación, reforzando el sentido de pertenencia y la continuidad de la fe. Esta integración de la fe en la vida diaria y comunitaria fue crucial para la consolidación del cristianismo en Hispania.
III. El Evangelio bajo el Reino Visigodo (Siglos VI-VIII)
La llegada de los pueblos germánicos a la Península Ibérica en el siglo V, y en particular el establecimiento del reino visigodo, marcó una nueva fase en la historia del cristianismo en Hispania. Este periodo se caracterizó por la coexistencia de diferentes doctrinas, la lucha por la unificación religiosa y el florecimiento de una identidad cristiana hispano-visigoda distintiva.
A. La Controversia Arriana y la Unificación Religiosa
Con la llegada de los visigodos a Hispania, se introdujo una nueva dimensión religiosa: el arrianismo. Los visigodos, que habían sido evangelizados en el siglo IV por Ulfilas, adoptaron la fe cristiana en su forma arriana. Esta doctrina difería fundamentalmente del cristianismo niceno (católico) en su comprensión de la naturaleza de Jesús. Los arrianos creían que Jesús no era divino, sino un ser creado por Dios Padre, y por lo tanto, inferior a Él. En contraste, el credo niceno, practicado por la población hispanorromana, afirmaba la consustancialidad del Padre y el Hijo, es decir, que Jesús era divino desde siempre y de la misma naturaleza que el Padre, parte de la Santísima Trinidad.
A pesar de estas diferencias doctrinales, las dos religiones coexistieron con relativa tranquilidad durante un tiempo. Sin embargo, la unificación religiosa se convirtió en un objetivo político clave para los monarcas visigodos que buscaban consolidar su reino. El rey Leovigildo (571-586 d.C.) intentó unificar la Iglesia en torno al arrianismo, convocando un concilio arriano en Toledo en el 580 d.C. para eliminar las diferencias entre confesiones. Este intento fracasó y, de hecho, exacerbó las relaciones, llevando a Leovigildo a imponer el arrianismo por la fuerza, restringiendo y persiguiendo a la Iglesia católica. Esta política provocó una guerra civil, con la conversión al catolicismo de su hijo mayor, Hermenegildo, quien se rebeló contra su padre.
La unificación definitiva llegó con el sucesor de Leovigildo, su hijo Recaredo (586-601 d.C.). Recaredo, a diferencia de su padre, optó por el catolicismo como base para la unidad del reino. En el año 587 d.C., se bautizó en secreto y comenzó negociaciones con ambas facciones. La culminación de este proceso fue el histórico III Concilio de Toledo, convocado en mayo del 589 d.C.. Recaredo presidió el concilio, al que asistieron 63 obispos, tanto arrianos como católicos, de toda la península, junto con abades, clérigos y miembros destacados de la nobleza. Figuras clave en este concilio fueron Leandro de Sevilla y el abad Eutropio de Servitanum. Recaredo hizo una profesión de fe Nicena, anatematizando a Arrio y sus doctrinas, y declaró que la nación gótica, antes dividida por el arrianismo, ahora participaba plenamente en la Iglesia católica.
B. Doctrina, Concilios y Figuras Clave
Los Concilios de Toledo, especialmente a partir del III Concilio de 589 d.C., se convirtieron en la institución central de la Iglesia visigoda, no solo para la definición doctrinal, sino también como un órgano legislativo y de gobierno en estrecha colaboración con la monarquía. Estos concilios abordaron cuestiones disciplinares, litúrgicas y pastorales, y sus fórmulas de fe, como las de los Concilios IV, VI, XI y XVI, son testimonio de la fe de la Iglesia hispana.
El Concilio IV de Toledo, celebrado en el año 633 d.C. bajo la presidencia de San Isidoro de Sevilla, fue particularmente significativo. En él se fijó el contenido de la tradición hispana en una fórmula de fe, y se dio una clara insistencia en la unificación litúrgica. Además, se estableció la formación obligatoria desde la infancia para aquellos destinados al servicio eclesiástico, con el obispo asumiendo la responsabilidad en el control y organización de este proceso educativo.
San Isidoro de Sevilla (c. 560-636 d.C.) es, sin duda, la figura intelectual más prominente de este periodo. Su vasta obra, que incluye las Etimologías, De ecclesiasticis officiis y comentarios bíblicos, no solo reflejó la teología y el conocimiento de su tiempo, sino que también influyó profundamente en la cultura visigoda y en la teología posterior. Otros obispos y teólogos influyentes de la época visigoda incluyen a Leandro de Sevilla (hermano de Isidoro), Braulio de Zaragoza, Ildefonso de Toledo y Julián de Toledo. Estos obispos, a menudo provenientes de las élites hispanorromanas, no solo eran pastores de sus comunidades, sino también líderes políticos y culturales.
Los Concilios Toledanos fueron los forjadores de la ortodoxia hispana y de la identidad nacional visigoda. Al convertirse en asambleas eclesiásticas que apoyaban a los reyes hispanogodos en su potestad legislativa y en los asuntos de gobierno , estos concilios no solo definieron la doctrina cristiana, sino que también moldearon la relación entre la Iglesia y el Estado. La condena del arrianismo y el priscilianismo en concilios como el I de Toledo (397-400 d.C.) y el III de Toledo (589 d.C.) fue crucial para establecer una fe unificada. La insistencia en la unificación litúrgica y la formación del clero buscaban asegurar una práctica religiosa homogénea y un liderazgo eclesiástico capaz de guiar a la sociedad. Al integrar las decisiones conciliares en la legislación del reino, los obispos y los reyes colaboraron en la creación de una sociedad donde la fe católica era el pilar de la identidad cultural y política. Esta simbiosis entre el poder eclesiástico y el secular fue una característica distintiva de la Hispania visigoda, donde el Evangelio no solo era predicado semana a semana, sino también institucionalizado como fundamento del reino.
C. Métodos de Predicación y Catequesis
Durante el periodo visigodo, los métodos de predicación y catequesis se adaptaron a las nuevas realidades, buscando consolidar la fe Nicena y erradicar los remanentes del paganismo y el arrianismo. Una de las principales líneas de acción educativa se dirigió a las poblaciones rurales, que a menudo estaban escasamente romanizadas y aún practicaban ritos paganos o supersticiones. La Iglesia visigoda, preocupada por purificar la fe de los cristianos de estas influencias idolátricas, impulsó una tendencia evangelizadora y ascética.
Un ejemplo notable de este esfuerzo pastoral es la obra catequética De correctione rusticorum de Martín de Braga (siglo VI). Este sermón-tipo, diseñado para combatir eficazmente el paganismo rural y campesino, es una fuente primordial para comprender la religiosidad popular en el noroeste hispano de la época. La obra de Martín de Braga, inspirada en Cesáreo de Arlés, ofrecía una argumentación vigorosa contra las prácticas diabólicas y proporcionaba una sólida enseñanza cristiana.
La formación del clero fue una preocupación constante de la Iglesia visigoda, consciente de la gran ignorancia que a menudo padecían sus ministros. El Concilio II de Toledo (527 d.C.) esbozó la idea de un “seminario”, que fue precisado por el Concilio IV de Toledo (633 d.C.). Este último concilio estableció la formación obligatoria desde la infancia para aquellos cuyos padres aspiraban a destinarlos al servicio eclesiástico, bajo la supervisión de un anciano de probada virtud en la domus ecclesiae. El objetivo era dotar al clero de una formación sólida, incluyendo una cultura litúrgica y escriturística mínima exigible para impartir los sacramentos. Florecieron algunas escuelas episcopales, de donde surgieron grandes maestros como los de Mérida, Sevilla (Leandro, Isidoro), Toledo (Eugenio, Ildefonso, Julián) y Zaragoza (Braulio, Tajón).
Además de la predicación oral y la formación formal, la epigrafía y las inscripciones en los espacios eclesiásticos jugaron un papel importante en la difusión de un mensaje institucional, dando a conocer la liturgia, el orden, la doctrina y los ritos en comunidad.
El monacato hispano también desempeñó un papel crucial en la evangelización y la fusión cultural. Los monjes, a menudo itinerantes, contribuían a la difusión del Evangelio y al fortalecimiento de la Iglesia en los territorios conquistados por los germanos. La creación de iglesias propias por parte de los señores laicos en sus señoríos también contribuyó a la expansión de la fe.
La catequesis visigoda se caracterizó por su adaptación a la realidad rural y un fuerte énfasis en la formación clerical. Consciente de que las poblaciones rurales aún mantenían prácticas paganas y supersticiones, la Iglesia desarrolló métodos pastorales específicos, como los sermones catequéticos, para purificar la fe y combatir la idolatría. Esta estrategia, ejemplificada por Martín de Braga, demuestra una comprensión pragmática de la evangelización, reconociendo la necesidad de adaptar el mensaje evangélico a las particularidades culturales y sociales de cada región. Paralelamente, la preocupación por la ignorancia del clero llevó a la institucionalización de la formación eclesiástica, con la creación de escuelas y la supervisión episcopal. Esta inversión en la educación del clero era fundamental para asegurar que el Evangelio fuera predicado y comprendido de manera ortodoxa y coherente en todo el reino, sentando las bases para una Iglesia más organizada y doctrinalmente sólida.
Conclusiones
Este estudio de cómo se entendía y predicaba el Evangelio de Jesucristo en Hispania antes del siglo IX revela un proceso complejo y multifacético, marcado por la adaptación continua a los cambios sociopolíticos, la consolidación doctrinal y el desarrollo de formas de piedad arraigadas en la cultura local.
En la Hispania romana, el Evangelio se introdujo inicialmente a través de vías urbanas y aristocráticas, un modelo de difusión que, si bien limitaba su visibilidad arqueológica temprana, sentó las bases para su posterior expansión. La comprensión del Evangelio en esta fase inicial no fue meramente intelectual, sino que se manifestó a través de una “filantropía subversiva” y un testimonio de vida que desafiaba las normas romanas, atrayendo a nuevos adeptos mediante acciones concretas de amor y servicio. La predicación era multifacética, abarcando desde el kerygma oral y la lectura pública de las Escrituras hasta la iconografía funeraria, que visualizaba los mensajes de salvación. Las persecuciones romanas, lejos de erradicar la fe, actuaron como un catalizador, fortaleciendo la cohesión doctrinal y la identidad comunitaria de los cristianos, quienes entendían el Evangelio como una verdad por la que valía la pena morir.
La legalización y posterior oficialización del cristianismo en el Imperio Romano, con los Edictos de Milán y Tesalónica, transformaron radicalmente la posición de la Iglesia en Hispania. Esta alianza Iglesia-Estado aceleró la expansión y el poder eclesiástico, pero también introdujo el riesgo de instrumentalización política. Durante este periodo, los concilios locales, como el de Elvira, y la influencia de los Padres de la Iglesia, tanto universales (Agustín, Jerónimo) como hispanos (Isidoro, Prudencio), fueron cruciales para el desarrollo doctrinal, la resolución de controversias como el priscilianismo y la consolidación de la ortodoxia. Las prácticas litúrgicas evolucionaron de lo privado a lo público, con la cristianización del paisaje urbano y la liturgia hispánica como eje de la identidad y evangelización interna.
El periodo visigodo, a partir del siglo VI, presentó el desafío del arrianismo. La conversión del rey Recaredo al catolicismo, sellada en el III Concilio de Toledo, fue un acto político-religioso fundamental que permitió la unificación del reino bajo el credo niceno. Los concilios toledanos se consolidaron como forjadores de la ortodoxia hispana y de la identidad nacional, definiendo la doctrina y regulando la vida eclesiástica. Los métodos de predicación y catequesis se adaptaron a la realidad rural, con esfuerzos pastorales para erradicar el paganismo y una fuerte inversión en la formación del clero.
En síntesis, el Evangelio de Jesucristo en Hispania, antes del siglo IX, fue un mensaje dinámico, cuya comprensión y predicación se adaptaron y enriquecieron a lo largo de siglos de cambios imperiales, migraciones de pueblos y debates teológicos. Desde sus humildes orígenes en comunidades urbanas hasta su consolidación como la fe dominante del reino visigodo, el Evangelio se vivió, enseñó y difundió a través de una compleja interacción de estructuras institucionales, figuras intelectuales, prácticas litúrgicas y expresiones de piedad popular, dejando una huella indeleble en la identidad de la Península Ibérica.